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EMILIO GANCEDO
León

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Alcanzarlo se parece a coronar el Everest o al menos el Brañacaballo. Un logro de los que pasan de padres a hijos y se hacen constar en el pequeño álbum de la historia familiar aunque el acontecimiento se sienta y celebre como digno de figurar en la Ilíada. A los pocos que lo logran les parece que su nombre y hazaña debería, al menos, ocupar una entrada de Wikipedia. Casi no se lo creen. En cierto modo empiezan a vivir con el temor de que en cualquier momento podría torcerse su suerte. O incluso de que lo que hacen es una suerte de ilegalidad, casi una estafa. Y, sin embargo, no debería ser así.

Hablamos de algo en principio tan prosaico como llevar una vida equilibrada entre el trabajo y la familia, entre el placer y el deber, entre el hogar y el oficio. Una conquista social por la que se luchó con denuedo hace ya muchos años y que hoy, como tantas otras cosas, parece darse a la fuga o al menos haber sido olvidada en un altillo, como esos objetos que guardas por si algún día te hacen falta y luego no hay maldita manera de encontrar. Disponer de un número de horas razonables para criar y educar a los hijos, y a la vez ganarse el manduque, ha de ser la pauta. Lo que no es normal es lo contrario. Y, sin embargo, han hecho que lo parezca, que esa sea la regla, el patrón, el modelo. Estamos ante uno de los grandes logros de la empresa moderna. Como si, en el contrato, la compañía dejase bien que claro que el trabajador es «carne de mi carne, y sangre de mi sangre». La concepción de que el operario no puede existir sin la firma que le da de comer supone, junto al miedo a la selva tenebrosa en que se ha convertido el mercado laboral, el único modo de entender esos comportamientos asombrosos que se despliegan ante nuestros ojos: personas que arrastran una cantidad de horas indecentes ante el ordenador; padres que sólo lo son el fin de semana, y aun ni eso; trabajadoras que aguantan hasta el extremo antes de tomar sus permisos maternales… Y todo, increíblemente, visto como cosa habitual, general, normalísima.

Pero no, ahí hay poca épica y, especialmente, escasa memoria. Y una sociedad sorda a las necesidades de la familia y del individuo, a todo lo que no sea la cuenta de resultados. Por eso el problema no lo tiene que atajar el Estado, como dicen por ahí, sino todos y cada uno de nosotros. Usted y yo también.

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