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Manuel Garrido escritor
León

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S ergio Álvarez murió al tiempo del último suspiro del año recién ido. Fue en el mismo lugar donde vivió y había nacido en 1920, en el corazón de la Cabrera profunda, por utilizar un tópico de fortuna, o sea, al fondo del fondo en que está Odollo. Son pues 97 los años acotados por esos dos puntos del ciclo de su vida en un pueblo que en el trayecto, con un dato que habla por sí mismo para dejarnos sin palabras, pasó de los 500 habitantes del principio a la docena del final. Su edad y el oficio que tuvo un tiempo de músico ambulante convirtieron a Sergio en testigo de excepción, seguramente el último, de una época marcada por circunstancias terribles y dolorosos acontecimientos, así como singulares personajes: todo un mundo que ahora parece tan remoto y que, convocado por su muerte, agita en el recuerdo una honda marea sentimental.

Odollo está situado en la ladera derecha del valle del Cabrera en un punto del tramo entre Nogar y Pombriego donde ambas laderas se precipitan abruptamente hasta clavarse en el río que fluye por el fondo. El pueblo distribuye su caserío en tres barrios que se escalonan en la pendiente, rodeados por las tierras de cultivo. Sergio nació y vivió en el más bajo y mayor, que es el que acoge la iglesia con su gran espadaña inclinada, como acogió la casa y la huerta rectorales que ahora ya no existen. Tenía diez años en 1930, cuando llegó D. Manuel Bruña para hacerse cargo de la parroquia y de la vivienda en la casa rectoral hasta su muerte treinta y seis años después. Aquel hombre de apariencia tosca, natural de Porto de Sanabria, fue feliz entre unos feligreses de los que apenas se distinguía por su sotana raída. El azar lo puso un día en el camino de un viajero llamado Ramón Carnicer, que lo retrató con realismo y amor, pero por obra de unas circunstancias hirsutas un hombre sencillo terminó convertido en piedra de escándalo y discordia, con un último y curioso reflejo en la inscripción sobre la lápida de su tumba: «Recuerdo de sus feligreses, amistades y simpatizantes»; la presencia de estos últimos no se explica si no es como reivindicación de su figura maltratada.

Mucho antes de esta polémica, había estado en una verdadera guerra, incluido el «destierro» de tres años en La Baña para escapar del peligro. El problema afectó a todo el pueblo, no solo a él, y es que su posición en la ladera lo convertía en refugio inmejorable para los guerrilleros de Manuel Girón, que llegaban allí sin dificultad, y eso fue la causa de una conmoción social y una tragedia personal. Verdadera conmoción supuso que un puñado de gente, hombres y también mujeres, en castigo por lo que las autoridades consideraron complicidad con los rebeldes, fueran desterrados a Salamanca, en el entorno de Guijuelo. Volvieron al cabo de un par de años. Volvió también una joven llamada Evangelina, pero ella desde León, donde estuvo un tiempo escondida. Unos años atrás había tenido relación con el grupo de Girón en la zona de Ponferrada, pero más tarde se enamoró de un guardia o policía, con el que tuvo una niña, de modo que le echaron la culpa de la delación que señaló a tres guerrilleros finalmente abatidos en Columbrianos. Tres fueron asimismo los que a su vuelta llegaron una noche al pueblo, entraron en su casa y la mataron en la cocina donde estaba con otras personas. Cayó sobre las brasas. La niña tenía tres años, ella veintisiete.

Poco después de la guerra, Sergio formó con otros tres una orquestina, en la que empezó tocando la gaita para pasar más tarde al saxofón. El grupito actuaba en Odollo, pero poco a poco amplió su recorrido por los demás pueblos en un círculo que se fue ensanchando a medida que su fama trascendía. Así es como recorrieron toda Cabrera y luego dieron el salto al Bierzo por un lado y por el otro a Sanabria y Carballeda en territorio zamorano limítrofe. Por lo demás el oficio le permitió también criar con cierta holgura en las estrecheces de la época al rebañito («tagayo», si queremos decirlo en cabreirés) de hijos que tuvo con su esposa.

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Ya en el tramo final de su vida, cuando contaba 87 años, le tocó ser testigo, en este caso del fin de una aventura, como lo fue la historia singular de Víctor Alonso, nacido también en Odollo tres años antes que él. Víctor había salido de Odollo a trabajar en Madrid y allí lo sorprendió la guerra civil. Le tocó combatir con el ejército republicano y tras la derrota hubo de huir a Francia, pero allí los alemanes lo deportaron a un campo de concentración en Austria, del que fue liberado en 1945. Hubo por cierto otro cabreirés en esos campos, se llamaba Rafael Rivera y era de Lomba, pero este no sobrevivió. Víctor volvió a Francia, donde se casó, tuvo hijos y vivió siempre. Murió en 2007 a los 90 años. Los hijos, siguiendo la voluntad de su padre, llevaron a Odollo las cenizas para depositarlas en una finca propiedad de la familia que él les dijo. Precisamente fue Sergio el encargado de conducirlos a la pequeña huerta bajo la ermita de Santa Lucía, en realidad una erita donde majaban el centeno. Allí enterraron las cenizas al tiempo que plantaron un olivo, que ahora crece a su lado, centinela de un sueño, heraldo de lejanías. Por mi parte, yo he querido plantar este arbolito de palabras temblorosas como hojas de olivo en la cabecera del viento que se llevó al viejo músico.