Papá Quijano
C uando apenas tenía 19 años, Manolo Quijano vivió en Ponferrada. Fue ferroviario entre las tolvas de carbón y los descampados del oeste. Y aunque era y es un hombre eminentemente alegre, aprendió a mirar aquellas llanuras con la melancolía propia de los que han nacido artistas. Papá Quijano, el padre del famoso grupo de músicos que han inundado con sus canciones el inmenso reino del idioma castellano, lo mismo en Los Ángeles que en Santiago de Chile, en León que en La Habana, tuvo un pasado de obrero de trenes en ese barrio final de Ponferrada donde estuvo instalada una placa gigantesca donde se cambiaban de dirección las locomotoras. Y cuya presencia dio nombre al barrio. Allí trabajaba Manolo, en la ciudad del barro negro de la antracita y de la hulla, en las largas jornadas bajo la niebla. Y tal vez al llegar a la pensión se ponía a tocar la guitarra.
De aquellos tiempos, le quedó un cariño grande por el Bierzo. Por la Ponferrada dura de su juventud, por aquella ciudad faulkneriana poblada por miles de inmigrantes solteros, por muchas putas y clérigos, por mucha bravura compasiva; por mucha ternura sobria. Esas cosas de los bercianos. Y de los leoneses en general. Porque los bercianos somos leoneses. Fronterizos y sentimentales.
Muchos años después, cuando ya era muy popular y querido, Manolo compuso un himno a la Deportiva Ponferradina. Un himno solvente, grabado con lujo de detalles, y que, con perdón, es mucho más apropiado que el hoy oficial, ese tosco cántico donde se confunde al equipo blanquiazul con el despegar de una avioneta. Lo digo por esa letra que dice «adelante y arriba».
Ese pasado berciano, me lo contó Papá Quijano la otra noche en León, cuando pasé por La Lola, el precioso bar que regenta muy cerca de la basílica de San Isidoro. Bar que es un faro de memoria, simpatía y música. La Lola, donde es muy difícil no ser feliz. Y lo mejor de La Lola, naturalmente, es Manolo Quijano. El jovencísimo y casi remoto ferroviario que soñaba en 1958 con las músicas del Caribe mientras pasaba en bicicleta junto a los lavaderos de la MSP, donde trabajaban tantos inmigrantes andaluces, castellanos, gallegos y bercianos del monte. Luego vendría la larga vida de un hombre que siempre ha sido fiel a León y a su pueblo natal, el hoy suburbano de Armunia. Un hombre que todavía es joven de cuerpo y espíritu. Porque el arte, la alegría y la creación nos hacen ser siempre jóvenes. Y porque estar vivo es maravilloso. Tanto que nos permite disfrutar de los boleros, del amor y de la noche. Y de todo eso sabe mucho Papá Quijano, que parece un dandy con su vestimenta de artista romántico, y con sus pasos por León, bajo la luna, con su sombrero y su aire de mago; de persona que sabe el secreto de vivir. Y que se lo revela a todo el que se lo pide. Con una guitarra, con una canción, con una copa de vino.