cuerpo a tierra
Populismo
Hay partidos políticos que presumen de demócratas porque en el fondo de su ideología todavía perseveran ciertas trazas de cultura griega, como la tenencia de esclavos a los que ahora se llama testaferros, y los hay que se enorgullecen de lo mismo por ser asamblearios, cuando la asamblea es tan anterior a la democracia como las cavernas que contemplaron las primeras votaciones a mano alzada o a primera sangre. Hablamos, claro está, de los populistas, eso que siempre son los otros.
Populista todavía no ha alcanzado el pedigrí como insulto que atesora fascista, que casi se ha convertido en un arma arrojadiza más allá de su significado, por no hablar de su conveniencia u oportunidad, pero va camino de ello. Tampoco ha de extrañarnos porque el fascismo es una forma de populismo, acaso la menos popular en nuestros días por propios merecimientos, que igualmente también se atribuye siempre a los de enfrente. Pero de lo que no puede vanagloriarse, como «populismo», es de haber sido elegida palabra del año 2016 por la Fundación del Español Urgente, uno de esos observatorios de la lengua que toman a internet por la voz de la calle. La de este año en curso es «aporofobia», fue acuñada por la filósofa Adela Cortina, ya está en el diccionario y viene a indicar que el rechazo a los inmigrantes no es tal sino más bien temor a los indigentes, limpiando las conciencias de xenofobia y racismo: no padecemos como sociedad repulsión étnica o al extranjero, sino que el problema es la pobreza. Curiosamente, en 2015 el término del año había sido «refugiado». Pecaríamos de populismo si lanzáramos al aire un hurra por el tino sociológico que los filólogos de la Fundéu demuestran elección tras elección.
Retomando el tema, considerar a un populista como demócrata es como tenerme a mí por nudista porque siempre voy desnudo debajo de mis ropas: puede que muy adentro sea así, pero lo que el populismo propugna es la suplantación de la democracia por el culto al líder, igual que mis ropas niegan en último término la conveniencia de andar en taparrabos, aunque mayormente me sirvan como abrigo frente a las inclemencias, esos vientos de nieve que estos días bajan de la montaña o esas miradas heladoras que a veces dedican a los columnistas los políticos locales y a los chicos de barrio las guapas del centro.