Publicado por
MARÍA J. MUÑIZ
León

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Saben lo que pensamos, en qué gastamos tiempo y dinero, lo que nos motiva y lo que ignoramos, lo que comemos y por dónde respiramos. Es la era del big data, el análisis masivo de datos tiene la respuesta para casi todo lo que se puede manipular. Por ahí van las profesiones del futuro, porque saber de ti más que tú mismo es la clave del negocio. Sea la venta de naranjas de zumo o el mangoneo político y social. Lo saben todo, comercian con ello y por supuesto lo utilizan. Y ahora nos llevamos las manos a la cabeza fingiendo sorpresa, como si no supiéramos que nos servimos a ellos en bandeja.

En el caso de los Facebook, Whatsapp, Google y toda aquella estructura en la que los datos navegan por espacios virtuales está claro que el control real está muy lejos del usuario. A mayores, como insisten en predicar desde el Incibe, si no dejas la puerta de tu casa abierta de par en par deberías guardar también las llaves de tus asuntos tecnológicos. La mayoría ni siquiera sabemos que existen, o las olvidamos en la cerradura por fuera, como queda de manifiesto en los recurrentes ciberataques. Aunque no fuera así, todas las pistas que regalamos sobre nuestras vidas están debidamente fichadas, analizadas y traficadas.

En las redes la información se comparte. Y el entusiasmo lleva a muchos a compartir efusivamente. Desde los pelos con los que se levantan de la cama a la tortilla francesa que se hacen para cenar, incluso con algún asunto trascendente por medio. Nos hemos convertido también en opinadores hiperactivos. Cuando no en informadores altruistas, difundiendo más idioteces y bulos que cuestiones de interés. Pero ahí están, rodando día y noche.

Ante el último escándalo se anuncian medidas, políticas de privacidad y otros engañabobos para guardar las apariencias de lo imposible. Ya resulta absurdo que una polémica de este pelo haga perder 50.000 millones de dólares a la compañía cotizada, igual de burbuja que las desorbitadas ganancias anteriores del negocio de Zuckerberg. Por Dios, ¡pero si es el PIB de algunos países!

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La cuestión es que esta prisión tecnológica no tiene marcha atrás. Hace años Weizenbaum, uno de los padres de la cibernética, advirtió de que el hombre tendría que esforzarse mucho para conservar el privilegio de poder apagar el ordenador. Parece que esa barrera se ha superado y la batalla está perdida. Irremediablemente atrapados en sus redes.