León

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Tengo un amigo gay, católico y de derechas. Este leonés vive desde hace años en una pequeña localidad de Cataluña. Excelente periodista fue apartado hace años del oficio, por una combinación de manotazos: la crisis económica, personas concretas, la mala suerte, su lucha diaria por mantener el equilibro interior mientras camina descalzo sobre un alambre de púas… en fin, nada que tuviese que ver con su gran valía profesional y humana. Otros, con menos problemas, maldicen la existencia. Él no lo hace, aunque a veces se rompe por dentro. Y después renace. He leído en las redes un análisis suyo sobre la detención de los responsables del golpe en Cataluña. Mi amigo es constitucionalista y patriota, sabe lo que es sentirse rechazado en los feudos del independentismo. Al mismo tiempo que expresaba su crítica hacia los golpistas admitía compadecerse del sufrimiento que la cárcel les supondrá, a ellos y a sus familias. En su caso, tal nobleza no puede ser desligada de la interrelación entre esas tres características que he citado, pues le explican. Aunque, reconozcámoslo, él es de la mejor cosecha. Su propia vida le ha conducido a una reflexión sobre el sentido trascedente de la adversidad, en su corazón siempre hay velas encendidas. Conoce el glamur neoyorquino, pero también la verdad eterna de una lumbre rural. «Ninguna persona buena —y que son la mayoría— se puede alegrar de que alguien vaya a la cárcel, de que sea separado de su familia (…) pero fuera de la Ley solo hay selva», escribió.

Al decirle lo mucho que me había gustado su texto contestó muy socarrón: «Pues solo ha tenido un me gusta». Le contesté: «Con menos, alguno ha montado un club de fans». Los viejos amigos nos hacemos reír con poco. Antes de colgar añadió: «el catolicismo hacer mejor al ser humano». Gay, católico y de derechas. Sin alardeos, pero sin ocultarse. Vive apartado, pero el creyente nunca está solo del todo en su torre de vigía.

La compasión que expresó hacia los golpistas detenidos no es condescendencia incongruente, sino efecto de la causa que le sostiene. «Odia el delito, compadece al delincuente», advirtió Concepción Arenal, pionera del feminismo católico. Es lo que mi amigo hace, con la mirada puesta en la cruz.

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