AL TRASLUZ
Los compañeros mellizos
Pablo Iglesias e Irene Montero van a tener mellizos. No pretendo chafarles la alegría a los líderes de Podemos pero, según la ley del péndulo generacional, lo previsible es que sus hijos les salgan de derechas. A los hijos de Tarantino le gustan las películas de Joselito. Por supuesto, de ser así, los mellizos no se manifestarían enseguida conservadores. Siempre hay años bucólicos, de identificación con la ideología de los progenitores. Durante la infancia tendrán en el cuarto el póster de Maduro, pero a partir de los once años se acabó la Arcadia. «¿Lo cambiarán por uno de don Mariano?», preguntará ese lector gallego que todos los columnistas tenemos. Hombre, eso tampoco es para castigarlos sin postre, entraría dentro del natural afianzamiento de la personalidad. Resulta lógico que al principio prefieran Los osos amorosos a Juegos de tronos. Lo fuerte vendrá después, en pleno pavo, cuando quieran poner pósteres de Paquirrín y El Fary. Ah, edad difícil. El entorno ideológico familiar inclina, claro, pero la rebeldía filial se rige por un axioma marxista, de Groucho: «Sea lo que sea, me opongo». A la pareja podemita no les quedará otra con sus compañeros mellizos que consensuar, pues un hogar es un círculo cuadrado. «Vale, compañera mamuchi y compañero papuchi, el del Fary no, pero este de Bertín Osborne es irrenunciable». Con los nietos ya les será más llevadero, pues les dejarán poner el póster del Fary, la Faraona o del mismísimo Franco. Bueno, tampoco hay que pasarse con las efes, que también hay más letras.
Por supuesto, va por barrios. En unas familias políticas, el zafarrancho se lía si el retoño aparece con un un tatuaje de Stalin; en otras, si canta en la ducha «Soy el novio de la muerte…». Así es el karma familiar. A mí no me extrañaría que a Rufián le salgan monárquicos, españolistas y del Real Madrid. Así es la democracia y no hay que hacerse mala sangre. Lo importante es quererse. En León, hubo un político socialista cuyo hijo militaba en el Partido Popular.
La familia es uno de los pocos lugares donde el humor siempre tiene cabida, pues ni siquiera es reflejo de la ausencia de problemas, externos o internos. Los enfados en casa pasan; las risas, no. Riamos, que son cuatro días.