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Máximo CAYÓN DIÉGUEZ Cronista Oficial de la ciudad de León
León

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P reviamente concertada por las «legacías», es decir, por las delegaciones del Corregimiento y el Cabildo Isidoriano, tras las visitas que unos días antes se giran mutuamente en medio de atenciones y cortesías, cada primavera, el último domingo de abril, la estampa que compone la fiesta de Las Cabezadas se reproduce, con puntualidad de siglos, en el claustro conventual isidoriano, escenario del secular rito del Foro u Oferta y marco que acogió en 1188 a las primeras cortes democráticas de Europa, reconocidas por la Unesco con el título de Memoria del Mundo. Por ello, 830 años después, León es Cuna del Parlamentarismo.

Esta ceremonia que nos incumbe afirma sus raíces en 1158, en pleno reinado de Fernando II, hijo del emperador Alfonso VII. Y su génesis radica en la pertinaz sequía que asolaba la tierra leonesa. Por esta causa se hicieron rogativas públicas, sacándose en procesión el cuerpo del Doctor de las Españas.

Y aconteció que llegando el cortejo a Trobajo del Camino el cielo se tornó grisáceo, ceniciento, y una lluvia copiosa hizo acto de presencia. Entonces, dice el P. Risco, (Historia de la Ciudad y Corte de León , cap. XIV), «el cuerpo del santo se hizo inmoble, hasta que por las oraciones de la muy religiosa Infanta y Reina Doña Sancha, hermana del emperador Don Alonso, se hizo tan leve, que se dejó llevar de cuatro niños con admiración de todos los circunstantes».

Por su parte, Lucas de Tuy, [Milagros de San Isidoro , cap. XLI], agrega que «la comunidad y vecinos de la ciudad de León hicieron juramento solemne de nunca más sacar el cuerpo santo de su iglesia, si él tuviese por bien el ser tornado a ella […] y prometieron para cada año para siempre jamás cierto censo a San Isidoro, si como es dicho quisiese ser tornado a su iglesia». Hasta aquí, en términos de síntesis, el origen de esta tradición.

El domingo citado, el Ayuntamiento de León, «en forma de ciudad», poco antes del mediodía llega a la plaza del arzobispo hispalense.

En la comitiva destaca el Pendón Real de León, enseña de damasco de un intenso color púrpura, que es el color imperial. A título de oferta al Santo Isidoro, «Patrono de este nobilísimo Reino», el Corregimiento entregará un cirio de arroba bien cumplida, ilustrado con la imagen del sabio Doctor Hispano y el escudo de esta antigua Corte de Reyes, así como dos hachas de cera.

Otras dos de éstas, en concepto de limosna, de acuerdo con el formalismo secular, ha entregado antes al párroco de San Marcelo, que aguarda el paso de la comitiva edilicia muy cerca de la puerta sur del templo dedicado al Santo Centurión.

El ritual se reviste de primorosos rangos protocolarios, que dotan al acto de esplendor y solemnidad. Uno y otra mantienen su apogeo desde que se intercambian los pertinentes saludos de bienvenida y se interpolan canónigos y concejales hasta la finalización del mismo con las clásicas Cabezadas.

Auspicia y favorece también esa brillantez, la Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro, fundada en 1147 por el precitado emperador Alfonso VII, con la vistosidad de sus hábitos.

En el predicho espacio claustral, donde se dispone una mesita con un crucifijo y dos cirios, el síndico municipal y el capitular colegial defienden sus tesis. La controversia, salpicada de ingenio y agudeza, con la improvisación y la retranca leonesa como telón de fondo, resulta donosa y evidente.

Después de tres intervenciones, las partes mantienen firmemente enhiestas las lanzas de sus criterios y requieren a sus respectivos secretarios para que levanten la correspondiente acta, cada uno, como es natural, llevando el agua a su molino.

El cirio de arroba bien cumplida y las dos hachas de cera que el Corregimiento ofrenda a San Isidoro constituyen para la municipalidad una oferta voluntaria.

Por el contrario, para el cabildo isidoriano representan un foro, una carga exigible, una obligación a la que está sometido el municipio leonés. El desacuerdo es ostensible y manifiesto. Como lo ha sido siempre. Y así hasta el próximo año.

Tras la Eucaristía, y en medio del regocijo popular, a la hora de la despedida, munícipes y eclesiásticos realizan tres reverencias, la última de ellas con la mano puesta en el corazón. Son las «Cabezadas».

Una excesiva inclinación de cabeza que dota al ceremonial de personalidad propia. El cabildo isidoriano espera en el atrio. El corregidor y los regidores, cuando llegan a cada una de las tres rayas blancas pintadas en el suelo de la plaza, se vuelven y se inclinan, como digo, en señal de cortesía.

El cabildo isidoriano hace lo mismo, pero sin abandonar el atrio. En los límites de éste, curiosamente, el abad isidoriano deja en el aire su pie derecho, por supuesto, sin apoyarlo, y de este modo pone de relieve que su jurisdicción se limita al recinto isidoriano.

La fiesta de Las Cabezadas está plenamente incardinada en el prontuario de los valores culturales legionenses. Lo acredita de modo permanente una escultura pública, ubicada en las inmediaciones de la mencionada Basílica de San Isidoro, obra del escultor asturiano José Luis Fernández, fechada en 1999.

Allí, sobre un pedestal se erigen dos figuras que simbolizan al abad de San Isidoro y al alcalde de León en el acto de la entrega del citado cirio por parte del munícipe al representante canonical.

A modo de curiosidad, recordemos también que del mismo autor es la figura broncínea de Antonio Gaudí sentado en un banco y contemplando los planos de la casa de Botines, datada en el año 1998, que se ubica en la plaza de San Marcelo.

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La fiesta de Las Cabezadas alcanza en esta edición los 860 años. Y es que «la ciudad de León —son palabras de Justiniano Rodríguez— ha cumplido religiosamente este voto, incluso en días de contrariedad política, haciéndolo siempre en la Basílica del Santo».