León

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De todos es sabido que los únicos gastrobares que van a sobrevivir al destello de la capitalidad española de la manduca son los de carretera. A ese de la N-625 es obligado augurarle un futuro esplendoroso como laguna para abrevar la sed del noroeste; la sed que dan las apreturas emocionales y renglones torcidos en la senda de la vida; la sed de la soledad, que tanta pena ahoga con el lucero del alba de los inviernos de congoja y los veranos desalmados; la sed de otro trato que no sea el humano; la sed de la juerga, en el modelo del divertimiento que se cree nuevo entre los bachilleres recién licenciados y que no es más que una adaptación de estos tiempos a las bacanales de las legiones romanas, tras el desfile del triunfo por la calle Ancha; la garganta seca conduce al trago largo de las paradas de posta con el farolillo de neón, el modelo de alterne -tu copa, tu ambiente, que reza la publicidad- que trata de subsistir a la inmediatez de las aplicaciones móviles, de toma pan y moja, que disponen de panales golosos para la líbido en alacenas digitales inmensas en las que todo está a gusto del consumidor; si el cliente, o clienta, quiere yegua, yegua; si quiere caballo, caballo. Y a las 8, aseado y de punta en blanco en la oficina. Todos los vicios que se quitan solos se retroalimentan con las costumbres pasajeras de la gente, que del ocio saltan a la adicción; da igual si esconde el coche en la cobertura de la penumbra del aparcamiento del lupanar de carretera o si saliva mientras se hace cuenta de los veinticinco centímetros del bien dotado, recién llegado a la ciudad, que licitan los clasificados del smartphone. No tiene enmienda es la respuesta; y el enunciado no es hacienda, precisamente. La expresión populista más afamada en los noventa leoneses discernía por el género; las mujeres, a continente y los hombres, a Benavente. Pobre del que se haya hecho la ilusión por cambiar la tendencia; es posible que antes involucione en ese ambiente selecto que emerge como un oasis en el desierto del abandono, refugio en el que amansar la frustración de todas esas almas que se pierden en busca de la autovía a Cistierna que prometió Zapatero en aquella merienda entre amigotes de León en el Palacio de la Moncloa. La mancebía que sobrevivió a la estrella del contacto; con tacto.

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