cuerpo a tierra
El abstracto bien común
Toda estadística es una abstracción. En el concepto «árbol» no están las cicatrices horizontales de la corteza del cerezo ni las graciosas curvas de las hojas del roble, como en los gráficos de evolución del empleo no aparecen la sobreexplotación ni los sueldos miserables ni las horas de más ni tantas otras cosas. Pero todas las políticas se hacen en función de estos «infradatos» y así, por ejemplo, España en un país donde el sueldo anual medio es de 26.710 euros y las pensiones andan en torno a los 1.000. Imaginemos, solo por un momento, que fuera en realidad así. Bien. La cuota de humor que uno procura incluir en sus columnas ya está satisfecha y podemos seguir con asuntos más serios, aunque no sean más graves.
El bien común —como el interés general con que nos hurtaron las retransmisiones de partidos de fútbol, entregándolos a subasta entre empresas privadas y de pago— es otra abstracción. Platonismo e idealismo se apoyaron mucho en ella y, aunque puede ser que el bien común sea lo menos malo, en su nombre también se hace mal. En una de las series más inquietante y filosófica que acaso hoy puede verse, The Handsmaid´s Tale, basada en una novela de Margaret Atwood, se ofrece una certera ilustración de esto.
El mundo de El cuento de la criada es una sociedad postapocalíptica que ha surgido de una guerra civil en Norteamérica, de la que se desgaja una comunidad distópica, fanática y casi estéril. Por esa falta de nacimientos, las pocas mujeres fértiles están cosificadas como madres esclavas de las clases altas, siendo violadas ritualmente. Todas las féminas, en realidad, sin distinción de origen social, son subyugadas y compartimentadas: carecen de derechos como el de trabajar, leer o poseer cualquier propiedad. No se trata, aunque pueda parecerlo, de fundar una sociedad nueva sobre el extremismo heteropatriarcal, como se dice ahora, sino de repoblar un mundo devastado, convirtiendo a las mujeres en propiedad del estado con el argumento de la supervivencia de la especie. El imperio del bien público, en definitiva, que suele estar en el origen de todos los discursos totalitarios haciendo las veces de esa piel de cordero que se echa sobre los hombros el lobo cuando pretende ser lobo para el hombre. Como reflexiona la protagonista, «no existe lo mejor para todos, porque para alguien siempre es lo peor». Conviene no olvidarlo nunca.