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ernesto escapa
León

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Omaña, la comarca que los romanos encontraron poblada por hombres como dioses, ha quedado prácticamente reducida a reserva natural por los desalojos de la emigración. Sólo Riello se yergue vigilante a su entrada. Los romanos captaron el talante indómito de sus pobladores, que hace tres décadas despejaron la nube de un embalse dibujado aguas abajo de Riello, al otro lado del cerro de la Laviada. Fue una lucha tenaz, sostenida sobre todo por los omañeses de la emigración, cuyo final feliz tuvo mucho que ver con la calamidad todavía fresca de Riaño.

Desechado el embalse, una nueva carretera discurre por el valle que iba a ser su lecho y comunica Riello con La Garandilla a través del escobio de Trascastro, partiendo del barrio de Orrios, antesala de la zona residencial de huertas y antiguos chalés. Riello, cuyo nombre puede descifrarse como río pequeño, escalona sus casas en la ladera soleada para no malograr el espacio fértil de la mínima vega que abriga el paso del río Ariego. No obstante, como los tiempos cambian hasta el asombro, uno de aquellos prados de regadío acoge ahora entre sus sebes los campos de deporte municipales.

Riello extiende su caserío a lo largo de la carretera, con un ensanche peraltado alrededor de la iglesia. Apenas resaltan en el conjunto algunos ejemplares notables. Lo más curioso asoma a la plaza, dominando con sus miradores la vega del Ariego, o se prolonga por el camino de la Urz. No hace mucho se rehabilitó en su parte baja un hermoso torreón blasonado de piedra gris.

La plaza de Riello convocó las ferias ganaderas y los mercados más concurridos, antes de albergar las tenaces protestas omañesas de este valle de resistentes. Y eso que apenas es plaza, sino un espacio escalonado en la pendiente del pueblo, que ensancha el paso de la carretera. Triunfante la Segunda República, se reunieron aquí los pedáneos del concejo de Villamor de Riello para firmar una Suplicación a la Soberanía Nacional, pidiendo que fueran abolidos los tributos señoriales del ‘pan del cuarto’, al que permanecían sujetos. Su valedor fue el notario don Vicente Flórez de Quiñones, a quien se dedicó la plaza cincuenta años más tarde.

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El festejo de la liberación se celebró en las eras de Robledo, según acredita José María Hidalgo. En el palacio de Curueña, ahora público y en abandono, acogió Flórez Quiñones a los Menéndez Pidal, en su pesquisa de vestigios leoneses. Riello tiene su poeta estremecido en Luis Miguel Rabanal, golpeado por el maltrato de todas las contrariedades y náufrago en la isla de su talento. El poemario La casa vieja hace arqueo de una memoria inclemente. Un poema sacude los nombres del olvido, una vez despejada la pesadilla, «que llenaría los sueños de truchas y de barro».