Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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El Portelo esconde el secreto del don de la ubicuidad, pero poca gente lo sabe. El Bierzo y Galicia se mezclan a mil metros de altura y uno puede estar en dos lugares a la vez sin desdoblarse, ni partirse en dos, sin volverse loco.

El Portelo, ese lugar de la geografía del Noroeste donde se difumina la frontera, y quizá también donde se borra la memoria, daría para un cuento; de Pereira o de Cunqueiro, dependiendo del lado de la montaña donde uno empiece a caminar. En otro tiempo, contaba Manuel Félix en este periódico, la madera de sus robles abasteció de traviesas a los ferrocarriles. Un teleférico ayudaba a bajar los troncos de la montaña y así fue posible coser la meseta áspera de Castilla y el páramo leonés con los valles gallegos.

En El Portelo, O Portelo en el idioma de Rosalía de Castro, ya no vive nadie. Y eso redondea la metáfora de ese pueblo de cuatro casas y dos bares –cerrados-, lugar de paso donde no se detiene ningún viajero porque no hay gran cosa que ver allí, excepto un cartel de ‘Se vende’.

En El Portelo corre el aire. A veces sopla el viento procedente de Lugo. Y a veces viene del Bierzo. En ocasiones las dos corrientes chocan la una contra otra, forman un nudo y se desvanecen. O crean un embudo que despeina la maleza.

Si Borges hubiera sabido de su existencia, un pueblo en tierra de nadie, o de todos, que viene a ser lo mismo, a lo mejor lo hubiera incluido en sus ficciones. Porque El Portelo, lo tengo claro, es un territorio literario. Lo sé porque pasé por allí una noche de cielos despejados y al encender la luz de cruce para no deslumbrar a nadie descubrí el cartel que decía ‘está usted entrando en Castilla y León’, y luego volví la cabeza y leí el letrero que anunciaba el comienzo de Galicia. Detuve el coche en la cuneta, desorientado, y mientras buscaba el mapa de carreteras en la guantera -entonces todavía no se había generalizado el uso del GPS- escuché un rumor que me hablaba de las hojas amarillas, de la lluvia y de la nieve. Y del infinito desamparo de las cuatro casas. Lo escuché durante un buen rato, perdido en aquellas soledades. Después arranqué de nuevo y, en el momento en el que pisaba el embrague para seguir mi camino, noté un escalofrío en la espalda, como un latigazo. Pero no era miedo.

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