Sin brindis
S i el maestro Joao estuviese en España, y no en una isla en Honduras convirtiéndose en el increíble hombre menguante, podríamos pedirle un vaticinio político. Dice que lee el futuro en las nalgas, incluida la letra pequeña. No es lo más extraño que he escuchado en estos días. Este columnista solo se atreve a vaticinar que después de un viernes hay cierta probabilidad de que sea sábado. Nos han convertido España en una incógnita. No puedo sumarme al brindis por el éxito de la moción. Visualizo la sonrisa de Puigdemont y siento repugnancia, la misma que experimento al visualizar a los corruptos que han llevado a esto. Rajoy no se merece abandonar así el Gobierno, pero tampoco la sociedad española se merece que la política la protagonicen los escándalos políticos. Me vienen a la cabeza muchos diputados y concejales del PP que conozco, personas honradas y ejemplares. Con la corrupción también fueron traicionados, y desde dentro. Algo está fallando en nuestra democracia. No resulta serio que se esté debatiendo durante meses si se han conseguido por la puerta falsa unas titulaciones, cuando solo admiten el sí o el no y pueden ser demostradas o no en 24 horas. ¿Cuánto tiempo se lleva con el caso ERE? ¿Qué pasará si su sentencia es la previsible? Y así con casi todo.
No es tranquilizador que una suma de partidos, algunos con intenciones incompatibles con la Constitución, se unan para echar al Gobierno, en vez de ganarlo en las urnas, si pueden. Ni parece lógico que quienes irrumpieron llamando «casta» a los partidos tradicionales se hayan hipotecado con un lujoso chalé, porque ahora prevén dedicarse largos años a la política. El discurso de Pablo Iglesias fue el de un ególatra alucinado, incompatible con el constitucionalismo socialista. No, no me sumo al brindis, aunque es indiscutible que la sentencia de la corrupción fue un repugnante charco de pus. La necesaria regeneración tiene que llegar de otra manera. Cuántas personas de valía se verán injustamente afectadas por la obscena corrupción de unos pocos.
En política, ayer queda lejos. Hoy solo cuentan ya las próximas elecciones. ¿Qué dirán entonces los votos? El maestro Joao, vaticinador por nalgas, nos queda a desmano. Y continúa menguando y menguando. Ay.