Diario de León
Publicado por
EMILIO GANCEDO
León

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Tengo un amigo, llamémosle P. El amigo P. no es lo que normalmente se entiende por un buen ciudadano. El amigo P., por ejemplo, no da dinero para ninguna causa benéfica cuando se lo piden por la calle, aunque también es cierto que no tiene demasiado fierro, sólo el que va necesitando día a día. El amigo P. no pertenece a ninguna oenegé, asociación o colectivo en defensa de cosas, paisajes, personas o ideas. El amigo P. no hace lo que comúnmente llamamos deporte. El amigo P. está gordo. El amigo P. acude a la taberna, bebe demasiado, canta a voz en cuello y luego los parroquianos han de trasladarlo a la cama con gran esfuerzo, donde duerme un día entero. El amigo P. no sabe lo que es defraudar a Hacienda. El amigo P. nunca llegará a ministro. El amigo P. no está en Facebook. El amigo P. nunca ha leído a Proust, ni a Faulkner, ni siquiera ha oído hablar de María Dueñas. En su casa sólo hay dos libros: uno sobre su pueblo y una vieja novela de Curzio Malaparte ambientada en la II Guerra Mundial que le divierte mucho. El amigo P. vive en un valle apartado, en una provincia olvidada, y cuando lleva un par de vasos de vino hace chistes protagonizados por negros, por políticos y por franceses. El amigo P. no está implicado en la causa animalista, no señor. El amigo P. ha frecuentado los burdeles. En el improbable caso de que llegase a comparecer en cualquier gran ciudad, en cualquier red social, el amigo P. sería considerado un ser odioso, un monstruo de feria, y le intentarían despedazar al modo actual, digital, claro, no físico, cualquiera se atreve, porque es grande como un oso y exhibe barbas barrabasianas. El amigo P. no sabe de bits ni de likes, sólo de cosas que ve, toca y presiente, como el pan, el fuego, la tormenta, el embutido, las mujeres y Dios. En cierta ocasión, el amigo P. anduvo medio día entre la nieve para rescatar unas novillas que se habían perdido en el monte, y las trajo de vuelta al pueblo, y a la más pequeña la tranquilizaba susurrándole muy bajito. Es hermoso escucharlo imitar el canto del urogallo. También se sabe el romance de la loba parda con el que le acunaba su abuela. El amigo P. no sabe muchas cosas, pero sí que la jauría famosa la formamos todos. El amigo P. no es lo que se dice un buen ciudadano pero, tal y como están hoy las cosas, muchos ricachones pagarían fortunas por vivir un único día de su vida.

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