TRIBUNA
Berlín, el lugar ideal para la reflexión política
E n un artículo anterior publicado en estas mismas páginas (Bestias con forma humana , 27/6/2018) recomendaba al señor Quim Torra, presidente de la Generalitat, que cuando fuera a Berlín a entrevistarse con su antecesor en el cargo, Carles Puigdemont, visitaran el monumento que hay al comienzo de la calle Tiergarten, justo detrás del edificio de la Filarmónica, donde se recuerda la matanza de unos doscientos mil alemanes a quienes los nazis deshumanizaron llamándoles bestias con forma humana, la misma expresión con la que Torra se refirió a los españoles en Cataluña. En el hipotético caso de que se pasaran por allí, me gustaría conocer sus reflexiones porque se trata de un lugar de memoria de víctimas alemanas, no judías o polacas, del nazismo.
Aparte de esta recomendación turística, les sugiero que utilicen su estancia en la impresionante y multicultural ciudad de Berlín, que ha sabido resurgir de las cenizas del hitlerismo y del estalinismo, para reflexionar sobre el pasado, el presente y el futuro de Europa, de esa Europa de la cual ellos se autoexcluirían, al menos en un primer momento, si continúan con sus planes de reactivar el procés unilateral e inconstitucional. En estos momentos conocemos solo algunos de los entresijos que urdieron los separatistas catalanes para hacer triunfar, primero la convocatoria del referéndum del 1 de octubre, a pesar de que el presidente del gobierno Rajoy dijera en repetidas ocasiones que no habría tal referéndum y, después, la brevísima declaración unilateral de independencia y es de esperar que las investigaciones judiciales del magistrado Llarena pongan al descubierto toda esa tupida red de complicidades y deslealtades a la constitución española así como de malversación de caudales públicos.
Ahora bien, no me cabe ninguna duda de que la caída del muro de Berlín que se produjo la noche del 9 de noviembre de 1989 inspiró a los independentistas catalanes a la hora de manejar a las masas afines al secesionismo para, en este caso, derribar el muro de la constitución española. En aquella ocasión, los alemanes orientales ganaron el pulso con el Estado porque el comunismo estaba a punto de derrumbarse y porque la Alemania Federal ansiaba la reunificación del país para comenzar una fase de normalidad democrática y superar definitivamente los traumas del pasado.
La caída del muro de Berlín supuso una gesta histórica de liberación y de ruptura de cadenas a las que las autoridades germano-orientales y soviéticas habían amarrado al pueblo. Algo que, por supuesto, no existía en Cataluña aunque los inspiradores del procés difundieran reiteradamente que la España actual era una burda prolongación de la dictadura franquista.
El golpe anticonstitucional que protagonizaron los independentistas catalanes fue un golpe reaccionario que nos retrotraía al siglo XIX o principios del XX en una España y en una Unión Europea que lucha continuamente por ahuyentar los fantasmas del pasado. A pesar del magistral manejo de las masas y de las reiteradas mentiras que se inventaron los independentistas, su acción inconstitucional fracasó porque España no es una dictadura, como lo era el régimen de la Alemania Oriental, y porque al otro lado no había nadie que se creyera su relato. Ningún país reconoció la proclamación de la república catalana como gesta heroica de un pueblo, Cataluña, que se levanta pacíficamente contra su opresor. Entre otras razones porque ese pueblo está dividido ante esa importante cuestión, al contrario que la Alemania Oriental cuando derribó el muro.
Ahora, en este nuevo tiempo que se ha abierto con el triunfo de la moción de censura al gobierno de Rajoy, hay que arreglar los estropicios causados por la obstinación de los independentistas en llevar al límite su delirio secesionista y, puesto que la principal respuesta que se le dio desde el Estado fue judicial y no política, habrá que esperar a lo que digan los tribunales. A la España democrática actual, con sus muchos defectos, no se la puede criticar por estar anclada en el nacionalcatolicismo de corte franquista. Ha cedido competencias a la Unión Europea, por una parte, y a las comunidades autónomas, por otra. Los independentistas catalanes, en un ejercicio de deslealtad constitucional que pasará a la historia de la ignominia, utilizaron las instituciones del Estado para romper, de forma unilateral, la unidad de la nación de todos. Se impone salir del laberinto en el que nos ha metido esta «conjura de irresponsables» (Jordi Amat) y aprender a protegerse para que hechos lamentables como este no vuelvan a repetirse en el futuro. Habrá que hacer cambios para que muchos catalanes que han salido a las calles a pedir la independencia se sientan a gusto en una España más profundamente democrática, liberal, social, donde se respete la dignidad de sus ciudadanos y se cumpla y haga cumplir las leyes que emanan del parlamento. A veces las crisis se enquistan y se cronifican y uno se queda anclado en ellas sin posibilidad de avanzar. Otras, son el estímulo para hacer cambios positivos que despejen el horizonte. Espero que, poco a poco, vaya abriéndose paso esta segunda opción. No será fácil, pero el gobierno y las fuerzas políticas deberán intentarlo.