La tormenta
N o existe mirada más descarnada en la naturaleza que la que avista el agricultor sobre el campo cuando viene la nube a lo lejos. A la tormenta, que en la ciudad no pasa de imprevisto en la agenda social en la que se solaza el ocio, se le pone el entrecejo arrugado en la cara cuando el cielo azul torno al gris a media tarde, se esconden los tordos, se agita el trajín en la tramoya de los árboles y el viento sopla del lado contrario al que vienen los cúmulos. No hay nada que hacer. No existe modo de ponerse a cubierto. No hay oración que rezar con la cara vista al cielo para quienes apostaron por arrancar el fruto de su trabajo a la tierra. Empieza a llover. Luego las rachas se enfurecen hasta entrar de canto por entre los tallos para dejar encamados los cereales como al paso de una mano inmensa. Y, en mitad del aguacero que se desborda como si se hubiera arramado la bóveda por los lados, llega el granizo para completar el coro de repiqueteos que carcome las hojas y destroza la cosecha. En apenas dos horas, incluso menos en algunos casos, el escenario queda listo para hacer inventario de pérdidas entre las ruinas, tras meses de labor para nada.
La visión pasma esta semana a quien quiera asomarse a la vega del Esla, donde la huerta se ha perdido casi en su totalidad y la remolacha se empapiza de tanta agua. Después de un otoño en el que los focos de las cámaras de las teles nacionales e internacionales escarbaron en el polvo del fondo de los pantanos para hacer apología del cambio climático, la lluvia viene a cobrarse el tributo ríos abajo con una nueva lección para los urbanitas de lineal de supermercado y comentario condescendiente a la hora del vino. «No os quejaréis ahora de agua», sueltan los que no entienden el mecanismo de un negocio al aire libre, sujeto a las inclemencias del tiempo, las maniobras usureras de los almacenistas y la ausencia de cobertura de las administraciones públicas, siempre rendidas a los lobbys que empiezan por cuestionar la abundancia de oferta y terminan por hacer que se importe de fuera lo que antes sobraba, como la leche, a mayor precio del coste inicial de producción.
La solución se esconde detrás de esa mirada que asume la realidad de la nube y planea cómo volver a empezar. La filosofía del mundo se encierra en esa visión de los agricultores leoneses que, como avisó Heráclito, entienden que su carácter es su destino.