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MIGUEL PAZ CABANAS
León

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No hay nada como viajar por Francia para descubrir que el prestigio de su cocina y sus caldos se desmorona en cuanto, por una comida de calidad similar a la española, te meten unos sablazos de aúpa, tal como si el maître te agarrase por los tobillos y, al final del ágape, te agitara para que no quedará en tus bolsillos ni un mísero euro. Un país de listos y aprovechados, sin duda. Y si no, tomen nota de su última proeza, haciendo pasar por vinos propios (atención a los productores de prieto picudo, que tienen ahí un filón) unos rosados de medio pelo que se llevaban de España envasados a granel. Que no es, por cierto, el único producto con el que venden gato por liebre, pues es sabida su costumbre de llevarse a sacos y de forma clandestina trufas de lo que se conoce como toscana turolense, que luego despachan a los turistas americanos a precio de oro. Al menos el zumo de uva era de garrafón y lo que se me ocurre es que se les podía haber vendido junto con la gaseosa, costumbre hispánica que cosecha notable éxito entre los paladares poco exigentes de los guiris. Todo esto, claro, sigue dando una imagen poco sofisticada de España, de país tremendo y casposo, con estraperlistas y contrabandistas llevando a lomos de una burra alforjas con miel, tabaco y condones (ruego al lector que no atribuya propiedades extrañas a la mezcla de esos artículos), y si acaso, la pareja de la Guardia Civil acechando en los apriscos. Luego nos inquieta que la justicia alemana no estime que lo de Puigdemont y compañía fue un acto de rebelión, persuadidos como estarán los jueces teutones de que aquí ese es el estado normal de los asuntos, con gente que se divierte arrojando cabras de campanarios o que resuelve sus conflictos a base de trabucazos y dentelladas. Pero no saquemos las cosas de quicio. Para convencer a tanto europeo incrédulo de que en España somos civilizados, nada mejor que organizar un tour para visitar la parte de la cárcel donde pasa sus días el ínclito Urdangarín, un espacio privado sin igual en Occidente, que digo yo merecerá los elogios y parabienes de todos esos leguleyos adustos que piensan que aquí seguimos encerrando a los gitanos en mazmorras y aplicando a los ateos el garrote vil. A lo mejor hasta les sorprende la calidad de la comida penitenciaria, donde no ha de faltar un vaso de vino rosado, como ese que los franceses les endiñan a sus compatriotas con sumiller y todo. Yo tenía apostada una botella de Pago de Carraovejas a que el famoso yerno ingresaría por fin en prisión, pero vistas las cosas y dada la magnitud de la pena, lo mismo me tengo que conformar con un sucedáneo peleón y un chorrito de seltz, que es lo mismo que la gaseosa, pero más fino.

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