TRIBUNA
Huellas historicas: Guzmán el Bueno
D ecíamos en una crónica anterior que era necesario glosar los hechos promovidos por los reyes leoneses, y otros personajes de relieve, en la Andalucía cristiana y musulmana, durante la Baja Edad media (ver diario León, 3-7-2018). Tras visitar Córdoba y Sevilla, ahora toca viajar a Huelva-Cádiz para hablar de las hazañas y ejecutorias de Alonso Pérez de Guzmán, conocido por el sobrenombre de Guzmán el Bueno. Los escenarios históricos descritos anteriormente, y las presentes corresponden a la Baja Edad media (siglos XIII-XV) en el transcurso de la Reconquista. Los ideales de esa época tenían su apoyo: en la religiosidad, caballerosidad, repoblación y ocupación de la España musulmana, con el fin de conseguir la unidad peninsular: un ideal de los reyes de Castilla y León, cuyo objetivo culminó con los Reyes Católicos (1492). Como dato de máximo interés, en nuestro caso, la rendición de Granada tuvo sus antecedentes en diversas conquistas: Córdoba, Sevilla, Jaén, Huelva, Murcia y otras plazas, con la intervención de Fernando III el Santo y Alfonso X el Sabio, (reyes de Castilla y León). Y esa empresa de reconquista: lenta e intermitente, comienza con la toma de Tarifa (1292) por Sancho IV (hijo de Alfonso X el Sabio); plaza defendida heroicamente por Guzmán el Bueno (1294) frente al ejercito poderoso de los benimerines. Nuestro personaje: Alonso Pérez de Guzmán nació en León (1256-1309); entra en escena en el reinado de Alfonso X el Sabio. Según las crónicas de la época es considerado como hijo natural (bastardo) de don Pedro Pérez de Guzmán, Adelantado mayor de Castilla, y de una dama leonesa llamada Isabel. Según consta, el noble don Pedro, Viudo de la primera esposa, no pudo contraer matrimonio con doña Isabel «por haber marchado a la conquista de Jerez de la Frontera con Alfonso X el Sabio». Y para mayor desgracia, la madre de Guzmán el Bueno falleció a consecuencia del parto. En este marco, el joven Guzmán, de 19 años, hizo sus primeras armas en la hueste de López Díaz de Haro, señor de Vizcaya, a la que se sumó cuando se dirigía hacia Andalucía con caballeros leoneses. De este modo, nuestro héroe aparece ya como determinante en la biografía de Alonso Pérez de Guzmán. Después de unos diez años se convierte en alcaide y defensor de Tarifa, la población más estratégica de España, al lado de Gibraltar: a un lado el Atlántico y al otro el Mediterráneo, rodeado de montañas excepto en el valle del rio Vega, amparada por la sierra de la Luna. En este escenario se registra el hecho histórico de la defensa de Tarifa (Tariq-ben-malik) a cargo de Guzmán el Bueno. Es conveniente decir que Tarifa fue siempre «nudo de enlace» entre musulmanes que dominaban en España, y los que residían en África. Después del duro cerco lo conquistó, como he señalado, el hijo de Alfonso X el Sabio (1292), y dos años después nuestro héroe leonés Guzmán el Bueno realizó la ejemplar hazaña de consentir que su hijo en poder de los benimerines (con la cooperación miserable y despiadada del hermano rebelde de Sancho IV) fuera sacrificado antes que faltar a su palabra de defender la fortaleza hasta el fin («si no tenéis puñal ahí tenéis el mío»). La «ardorosa leonesidad» (Álvarez Sacristán dixit) y patriotismo de nuestro Guzmán está por encima de todo. Lo más importante era defender un territorio de España sin ceder ante el cruel enemigo. La proyección histórica y humana del Alonso Pérez de Guzmán se prolonga a través de muchas generaciones que se cruzan con la Casa condal de Niebla, y ducal de Medina-Sidonia, sin olvidar otros linajes nobiliarios: el prócer leones don Ramiro Núñez de Guzmán; y el obispo don Juan Quiñones y Guzmán, quien mandó construir la Casa de los Guzmanes (hoy sede de la diputación provincial). Un rama de los Guzmanes se halla vinculada a la villa leonesa de Toral.
En resumen, Alonso Pérez de Guzmán, con el sobrenombre de Guzmán el Bueno, murió luchando contra los moros en la sierra de Gaucín (Málaga). Nunca ha sido olvidado por los leoneses de buena voluntad. Somos conscientes de que su vida tiene luces y sombras, pero no hay duda de que sus hazañas nos han dejado como legado: el honor, la lealtad y la dignidad. Y como reconocimiento a su gesta, ahora hace 120 años, fue inaugurada una estatua que se alza a la entrada principal de León como símbolo acrisolado de una ejecutoria que nos evoca su grandeza y generosidad: un arquetipo de nobleza y valor para configurar un leonés-español-universal. Su fidelidad y sentido del honor fue el código de su conducta.