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José Antonio García Marcos Psicólogo clínico y escritor
León

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D ebido al éxito de la exposición Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos, los organizadores han decidido ampliarla hasta el 7 de octubre, en vez de cancelarla el 17 de junio como estaba previsto inicialmente. Cuando la visité en su día, escribí un artículo en estas mismas páginas (Auschwitz en Madrid, 10/3/2018) con la intención de estimular en los lectores el deseo de visitar ese lugar donde no hace mucho, en pleno corazón de nuestra Europa, se instaló el mal absoluto. Con motivo de esta ampliación, vuelvo a escribir centrándome ahora en una víctima cuyo autorretrato se puede ver en la exposición. Me refiero a la pintora Elfriede Lohse-Wächtler. El lector interesado puede ver en Google algunos de sus desgarradores cuadros. Como ya comenté en su día, el visitante de esta muestra tiene ante sí un extenso análisis de las causas y la dimensión del terror que extendió el tercer Reich sobre Europa y, además, establece una vinculación entre la matanza de los enfermos mentales y la Shoah. En numerosas ocasiones he repetido que no es posible entender el intento de exterminio de los judíos europeos sin conocer cómo, previamente, el nacionalsocialismo alemán perpetró la matanza de los enfermos psiquiátricos.

Los dirigentes de la Alemania nazi necesitaban desencadenar una guerra para llevar a cabo sus planes imperialistas y de limpieza étnica. Para ellos, el motor de la historia no era la lucha de clases (Klassenkampf), como defendían los comunistas, sino la lucha de razas (Rassenkampf). A la raza de los superhombres le correspondía la misión de dominar, primero, Europa y, después, el mundo. Pero antes había que empezar por limpiar la propia casa, es decir, por eliminar a todos los alemanes portadores de enfermedades que se transmitían genéticamente a la descendencia.

¿Qué papel juega en esta historia la pintora Elfriede Lohse-Wächtler?

Nació en Dresde en una familia de clase media el 4 de diciembre de 1899. Desde pequeña mostró unas cualidades excepcionales para la pintura y, al mismo tiempo, una rebeldía que se focalizó, sobre todo, en su padre que pretendía darle una educación convencional. Ella, por el contrario, quería dedicarse a la pintura.

La convivencia familiar fue tan conflictiva que a la edad de 17 años abandonó el hogar, malviviendo de los cuadros que vendía por la calle y en mercadillos. En 1918 Alemania vivía un estado de euforia general por el fin de la Primera Guerra Mundial y, por otra parte, un ambiente revolucionario al que el mundo artístico de la época no permaneció ajeno. En ese clima de agitación social y artística Elfriede comenzó una relación amorosa con un tal Kurt Lohse. Se casaron en 1921 y, poco después, el matrimonio se rompió debido, sobre todo, a las infidelidades de él. Más tarde, se trasladó a vivir a Hamburgo donde diversos acontecimientos vitales le desencadenaron una crisis nerviosa que requirió su hospitalización en un manicomio. Allí, mientras recibía atención médica, dibujaba de forma obsesiva los rostros de los enfermos que compartían con ella el mismo destino. Al ser dada de alta y soportar durante un tiempo las miserias de la crisis económica de 1929, decidió volver a la casa familiar. El retorno no resultó fácil y pronto tuvo una recaída que, de nuevo, requirió ser hospitalizada. Un día la trasladaron a una clínica donde, en contra de su voluntad, le hicieron una ligadura de trompas en aplicación de la ley de esterilización forzosa, aprobada el 14 de julio de 1933. El 31 de julio de 1940 la llevaron, engañada, al manicomio de Pirna-Sonnenstein donde fue introducida en una cámara de gas en el marco de una operación que los nazis llamaron, de forma encubierta, Aktion T4. A sus padres le enviaron una carta de consolación en la que le decían que había muerto de una neumonía.

Las cámaras de gas y los hornos crematorios en la Alemania nazi se instalaron primero en los hospitales psiquiátricos para eliminar a los pacientes crónicos y para engañar a sus familiares del trágico destino. Cuando los comandos de ejecución de las SS, en sus planes de germanizar los territorios del Este ocupados durante la II Guerra Mundial, comenzaron a aniquilar a los judíos, lo hicieron con el brutal método del tiro en la nuca, lo que provocó frecuentes traumas psicológicos entre los verdugos, sobre todo al tener que ejecutar a mujeres, a niños pequeños o a lactantes. Era, pues, necesario indagar nuevas formas de ejecución en masa. Los primeros campos de exterminio (Chelmo, Sobibor y Treblinka) los construyeron y gestionaron personal procedente de la matanza de enfermos mentales. La muerte de nuestra pintora en la cámara de gas de Sonnenstein y de más de setenta mil pacientes psiquiátricos como ella por la Aktion T4, fue el preludio del exterminio de los judíos europeos con un sistema que pretendía distanciar al verdugo de la víctima.

Este 31 de julio, se cumplen 78 años de la muerte de Elfriede. Recordarla es un deber de los ciudadanos que vivimos en una Europa que está a años luz de la que a ella le tocó vivir. Su recuerdo nos debe exhortar a no repetir, nunca más, los horrores del pasado.

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(A la memoria de Elfriede Lohse-Wächtler, víctima de la eutanasia nazi).