Yuri
P ocos futbolistas llegan a convertirse en mitos. Aunque sean humildes mitos. Y si eso es difícil en primera división, lo es mucho más en segunda, y no digamos en segunda B, la categoría en la que juega la Deportiva. Y la Cultural. Dos clubs que han viajado del sueño a la desdicha; uno hace dos años y el otro la pasada primavera. Y ambos llegados al descenso de parecida forma: en la última jornada, cuando el sueño aún era posible. Pero no se supo sostener. Es más: se notaba que las aficiones confiaban poco en la salvación. Como si hubiera un maleficio provincial sobrevolando el césped.
La Deportiva lleva un milenio estupendo porque ha jugado cinco temporadas en segunda, categoría no visitada en los ochenta años anteriores. De esos tiempos buenos, de tantos partidos, ilusiones, alegrías y fracasos, emerge un futbolista por encima de todos. No solo por su juego y su eficacia goleadora, sino también por su misterioso carisma. Es Yuri, brasileño de Maceió, trotamundos que jugó varios años en las ligas de Portugal, y que un buen día apareció por el Toralín, ya con 27 años, procedente de la cercana Pontevedra. Yuri que no tardó en demostrar su valía. Porque era muy poderoso, atlético, rápido y contumaz. Crucial para que muchos partidos los ganaran los blanquiazules. Yuri fue el mayor artífice de las mejores temporadas de la Deportiva, el recurso que salvaba los puntos precisos para evitar el descenso. Y por eso, porque su participación era imprescindible, una desafortunada -y puede que inevitable- decisión del club acarreó la catástrofe. Porque los bercianos descendieron justo en los meses en que Yuri se fue a China a ganar dinero en una de esas ligas de plástico que se juegan en el extremo oriente. Y de las que vuelven los futbolistas como zombis, con tanto dinero como olvido. Nadie triunfa en China, y los que triunfan, da lo mismo. Y cuando vuelven —porque todos vuelven, más pronto que tarde— lo hacen envueltos en la extrañeza.
Más que en la extrañeza, Yuri volvió en las alas de la melancolía. Tal vez no la suya, pero sí la de los aficionados. Que no dudaban que si Yuri hubiese continuado en las filas bercianas, el club no habría vivido la lastimosa tarde de junio de 2016 cuando perdió en casa el partido decisivo para salvarse. Una pena que costará Dios y Yuri enmendar. El equipo empieza una nueva temporada, y ahí sigue Yuri. Y aunque también ha estado en los dos últimos años, que fueron lamentables, esta vez parece -parece- que los ponferradinos tienen otra pinta. Y que serán capaces de jugar el ascenso a segunda A, un reto muy difícil, aunque repetidamente logrado por la Deportiva en los últimos doce años. Pues bien, para poder soñar necesitamos a Yuri, aunque cumpla esta semana 36 años. Porque él es quien pone la épica y la memoria. Y el coraje de un veterano batallador que no se rinde. A ver si hay suerte.