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PANORAMA ANTONIO PAPELL
León

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N uestra Constitución sigue teniendo una planta esplendorosa y constituye un valioso patrimonio que la mayoría de los ciudadanos considera esencial para la preservación de la convivencia y la resolución cabal de los problemas que nos surgen. Sin embargo, son cada vez más patentes algunos desajustes, varios de ellos malformaciones de nacimiento, que han de ser remediados. Y deberían serlo en una reforma amplia y consensuada que incluyera un definitivo sistema de organización territorial, capaz de asegurar la conllevancia prolongada de las sensibilidades nacionales en el tronco común.

El Senado, definido como la ‘cámara de representación territorial’, característica de un modelo federal que no llegó a ser (la Constitución define el procedimiento de descentralización pero no dibuja la estructura final), ha sido en realidad una simple cámara de repetición generalmente inútil, a la que sólo se ha podido atribuir alguna cualidad abstracta, aunque siempre haya prevalecido la opinión del Congreso porque así lo preceptúa la Carta Magna.

Sólo ha habido una salvedad, que acaba de salir a la luz y cuya causa es desconocida (pudo ser maquiavelismo de los legisladores o simple esnobismo): la Ley de Estabilidad Presupuestaria invierte la primacía y se la otorga a la Cámara Alta. En su redacción actual, el PP podría bloquear la senda de gasto propuesta por el Gobierno dado que dispone de mayoría absoluta en el Senado y, según la propia norma, este bloqueo prevalece sobre el del Congreso y es por tanto definitivo.

Pero ello es inconstitucional. Lo explicado el constitucionalista Pérez Royo: «La Ley de Estabilidad Presupuestaria ha equiparado al Congreso y al Senado, contraviniendo expresamente la voluntad del constituyente sobre las relaciones entre estos dos órganos. La Ley de Estabilidad Presupuestaria ha reformado la Constitución sin seguir el procedimiento de reforma en ella prevista. El Senado no puede ser puesto en pie de igualdad con el Congreso de los Diputados por una ley ordinaria».

También da la solución al problema que se ha suscitado: el Gobierno debería remediar esta anomalía mediante un decreto-ley que restituyera la prevalencia del Congreso y que, previsiblemente, sería recurrido en el acto por el PP ante el Tribunal Constitucional, de modo acabaría siendo esta instancia la que resolviera la paradoja.

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En el fondo del problema esta cuestión es sólo una anécdota: los sistemas complejos, federales o confederales, funcionan mejor mediante sistemas bicamerales que concilian la representación inorgánica tradicional con la representación territorial. La reforma constitucional en España es una urgencia (aquí las urgencias pueden demorarse cuarenta años o más) porque mejoraría la calidad del sistema democrático.