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fuego amigo ernesto escapa
León

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La noticia de la subida a Fontañán corriendo desde La Pola de Gordón, en poco más de hora y media, me recuerda uno de los ritos incumplidos en este verano, que en mi caso consiste en caminar desde Santiago de las Villas, remontando el valle del río Torre, hasta la collada Urdiales, y desde allí, por el estribo de la peña de Los Barrios, seguir el cordel hasta Fontañán. La octava edición de esta carrera cubrió sus once kilómetros y medio de subida por Los Barrios de Gordón el pasado domingo.

La cresta rocosa entre las comarcas de Alba y Gordón, que también enlaza los valles del Bernesga y del Luna, parte del Bufo, en cuyo estribo rescataron los arqueólogos el enclave del esfumado castillo de Alba, y asciende desde los poco más de mil seiscientos metros de Fontañán hasta los casi dos mil de los Amargones, que se alza sobre las vegas del Palomar. A lo largo de su vertiente gordonesa, que es la umbría, cobija añosos y frescos bosques de hayas, que en la loma entre la peña de Los Barrios y Fontañán asoman al cordal con una tentadora oferta de arándanos. Entre los valles del Bernesga y del Luna, por donde discurren las comunicaciones entre la Meseta y Asturias, la montaña leonesa muestra su silueta caliza quebrada por pequeños cursos de agua, que se abren paso a través de desfiladeros.

Estas gargantas talladas entre paredes verticales son uno de los atractivos de la montaña más cercana a la capital. Desde hace unos años, se ha promocionado entre los excursionistas el desfiladero de los Calderones. Su pujanza como itinerario pedestre ha servido para redimir del abandono al hermoso pueblo de Piedrasecha, y también para alentar una reciente convocatoria religiosa y festiva en torno a la Virgen del Manadero, instalada en la cueva de las Palomas. Los otros valles con desfiladero permanecen inexplorados, mientras el frente de este macizo muestra las huellas de las canteras, que alteran el escalonado equilibrio de un paisaje calizo verdeado de robles y encinas.

Fontañán se alza sobre Sorribos y Olleros de Alba, conservando entre sus dos picos migados por los bombardeos nazis de la Legión Cóndor un aljibe para almacenar agua, trincheras de hormigón y un nido de ametralladoras con la apariencia de inmunidad de un búnker. Algún idiota, de los que no faltan ni en estas alturas extraviadas, pintarrajeó el recinto tallado en la roca, desde donde aguantaron los republicanos hasta el verano de 1937 las incursiones aéreas de los nazis asentados en La Virgen del Camino. Aquel verano, del que nos separa una distancia ya más que septuagenaria, los alemanes de la Cóndor, que habían masacrado Guernica en abril, solían entretener su tedio de los domingos bombardeando aldeas y picachos. Como hicieron con Aralla.

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