SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS ?ARTURO PEREIRA?
Carros de fuego
H e intentado titular este artículo de forma diferente para no replicar el título de la famosa película. Como es evidente, he concluido desechar tal idea. El motivo de ello es simplemente que no hay nada que me permita titular lo que pretendo decir con este breve artículo de forma tan clara como todo lo que en conjunto representa esta genial película. Más allá de su espectacular fotografía y banda sonora de ‘Vangelis’, esta película es un yacimiento del que extraer enseñanzas y valores. Tiene dos protagonistas, Harold Abrahams y Eric Liddell, dos estudiantes universitarios que encarnan cada uno a su manera dos formas intensas y honestas de entender la vida. Es una historia real, basada en la biografía de ambos.
Abrahams, un judío hijo de un rico financiero que aterrizó en la universidad de Cambridge y que era una de las promesas más firmes del atletismo británico. Por su parte, Eric Liddell, escocés, protestante, que comenzaba sus estudios de teología con la intención de ser algún día misionero en China, era otra de las promesas británicas en los cien y cuatrocientos metros.
Abrahams, sufría un antisemitismo velado propio de la época y esto le producía la necesidad de demostrar que era mejor que los demás, por lo que se marcaba continuamente unos estándares de superación que le generaban una insatisfacción permanente. Pero, era un gentleman, un hombre cultivado y formado en las buenas maneras que fue llamado a la gloria olímpica.
Eric Liddell, era un hombre de Dios, su máxima aspiración era servirle. Toda su vida estuvo orientada a este fin. Derrotó en su primer encuentro a Abrahams en los cien metros lisos provocando una seria crisis en este y en su deseo de seguir corriendo. Abrahams lo superó entrenando fuerte y con la ayuda de Eric, pues este último se negó a correr esta prueba reina del atletismo en las olimpiadas de París en 1924 al celebrarse la final en domingo. Alegó que era el día del Señor y que no podía correr, que debía estar en dándole gracias a El en la Iglesia y no corriendo.
El lío que se formó en la delegación británica llevó a intervenir al propio príncipe de Gales, dado que nadie sabía que la final sería en domingo hasta que no llegaron a París. Ni siquiera las súplicas de tan insigne personaje consiguieron que cambiara de opinión.
Consecuencia de ello, Abrahams corrió los cien metros y Eric los cuatrocientos. Los dos fueron medalla de oro. El primero no recogió la medalla en el estadio olímpico, el segundo dio gracias a Dios por su ayuda y se fue a China como misionero donde falleció tras la invasión japonesa en una cárcel dejando viuda y tres hijas. Se negó a abandonar a los chinos a su suerte.
Abrahams vivió hasta la década de los sesenta intentando superarse continuamente hasta que se lesionó de forma grave y se convirtió en comentarista deportivo lo que le llevó a las olimpiadas de Berlín de 1936 donde tuvo ocasión de conocer a Hitler.
La amistad surgida entre ambos personajes se forjó gracias a los valores que compartían los dos, no solo en el ámbito deportivo, sino que eran valores que inspiraban toda su vida. La pureza del deporte, la dedicación, el trabajo duro necesario para superarse eran parte de su genética.
Los críticos cinematográficos definen esta película como inspiradora para todos aquellos que quieran vivir la vida de forma intensa, noble y con ánimo de superación. Narra una forma distinta de entender la vida, diferente a la simpleza y comodidad con las que afrontamos las nuestras, y a los protagonistas no les correspondió vivir momentos fáciles, simplemente hay que recordar la historia. Animo a todos los lectores que vean esta película, les hará sentirse bien.