TRIBUNA
Fe en el amor: alzhéimer
S on tantas las veces que desearíamos difuminarnos en la nada, por otras tantas desgracias, adversidades o desdichas, que las conversaciones triviales, nos parecen hasta buenas, como sucedáneos en olvidar tanto sufrimiento que de forma variopinta, todos padecemos. Tantas enfermedades mentales, físicas, sociales, familiares... que el ser humano padece y sufre que, en este momento y ahora, me parecería que la Tierra no hubiera sido habitable si no hubiese tenido a nadie a quien admirar, y es aquí, donde hablo día tras día, con una gran persona cuya ausencia personal, se difumina a sí misma, al encontrar una avaricia contraria a lo que la propia palabra significa.
Tantas veces he hablado con don Manuel Díez Díez, cuya esposa Basilia García, contrajo la «maldición» del alzhéimer que, en ciertos momentos, me produjo tanto desconsuelo, que me quedaba bloqueado en pensamientos de ánimo. Pero, Manuel, le preguntaba, qué ha sido para ti el alzhéimer de tu esposa tras casi 30 años de sufrirla... y su contestación con sus más de 93 años en la actualidad, era por siempre invariable: Una enfermedad difícil de explicar con palabras, hay que vivirla, no como paciente, sino como dañado, directamente con la afectada, sin memoria, sin conocimiento, sin recuerdo, sin mención de nada ni de nadie... hoja de árbol que nace, crece y muere sin ningún tipo de sentimiento, como el ser humano «perfecto» inexistente, naturaleza pura y cierta (ausencia de vanidad, hipocresía, mentira, prepotencia, odio... hoja... al fin).
¿Será difícil cuidar a una persona con este tipo de enfermedad, eh, Manuel? Su contestación, pasa por un cierto pensamiento, como intentando resumir su vida de forma lenta pero cabal... Me sentí en los comienzos como un embaucado, no podía asimilar ni entendía las tonterías de mi esposa, pero el tiempo te va marcando lo que tú no quieres creer. Y me dice, ¿y la comida? ¿no la has hecho? Coño, esto no es normal, y más anormal los comentarios que me llegaban a través de los/as vecinas, y esa era la ausencia, el peor de mis males en el sentimiento hacia mi querida Basilia, conversaciones inanes, vacuas y distorsionadas que me decían todos/as en un barrio de Pinilla, donde el índice de edad es el más alto de León, con todas y cada patología, deriva en la peor de cualquier forma física o psíquica.
Realmente ante palabras tan ciertas, le pregunto: Manuel, ¿pero cómo se puede vivir de cerca esta enfermedad? Y su contestación es sabia e inteligente, como si toda su vida la hubiera dedicado al cuidado de su querida Basilia, y a la vez triste. (Han pasado los años y no desconecta de sus 30 años de cuidados). Hablo a menudo con él y el tema es siempre recurrente. El primer golpe, es doloroso, después un duelo lento, largo y finalmente, acabas por acostumbrarte aunque nunca a adaptarte, porque como ya digo, cada día es un tramo negativo en una enfermedad permanente y enmarañada que asumes, sin más, por su repercusión social, pero nunca te adaptas, porque a un esfuerzo hoy, sigue otro al día siguiente más intenso y así, según me informan especialistas, se trata de estar sin decaer o decaer con fuerzas, como fue mi caso entre los doce o catorce años, que es la estimación de vida de esta enfermedad, ¿pero?... calla un instante, como meditando, recordando... fueron 30 años, día a día, sin separarme un instante, incluso, durante las noches, tantas pasadas en vela... Cuando me comentaron muchas amigas, vecinas, etc, la cantidad de despropósitos que la veían hacer o decir en el comienzo de la enfermedad; el miedo a mi esposa, Basilia, jamás, es ahora cuando me aborda el temor y recuerdo a los años pasados, el pensar en tanto sufrimiento visto y añadido hacia mí, que solo siento el miedo dicho a la vida, con mis años, la muerte es un final con miedo, soledad, resiliencia... pero feliz al fin y al cabo, he cumplido, así creo, con mi paso por esta vida, y no hay más.
Mira, Carlos, yo he sido un apoblado. ¿Cómo? Sí, hombre, de pueblo, pero creo haber sabido cumplir con la necesidad que me impusieron o tal vez vi, en otras necesidades cercanas y ya han pasado más de cuatro años desde que mi querida Basilia dejo de sufrir, que ahora y con imposición de hija o nieta, (vivir o tal vez vegetar con ellas) que necesito desahogo, la tranquilidad, con valor y sin miedo. Callo y dejo que Manuel haga recuerdos de tantos años... Fíjate, con el tiempo, corto, pero tiempo, ceso en mis enfados, infundados, al no conocer de donde procede todo lo que me dicen u observado por mí, al mismo tiempo que pasa el tiempo mismo.... dejo de pensar en tonterías de ella misma, hasta concretar lo cierto y real de la propia enferma, sin que lo pueda controlar y te vas dando cuenta que muy a pesar de su gran inteligencia pasada, realmente, es, está enferma y añade, deberíamos hablar todos de ella, de la propia enfermedad, dado que el apoyo psicológico familiar, ayuda a la mayoría de estos enfermos, mira, Carlos, el 80% de ellos, están al cuidado de algún familiar, el resto, se les deja a su «libre albedrío», por no saber de su atención o no querer enfrentarse o atender a lo complicado de esta enfermedad. ¡Que pena da el ver y sentir a un enfermo de este calibre, que se desconecta como una lámpara, de todo lo que les rodea... recuerdos, momentos, instantes, familia, amigos, realidad... Carlos, desenchufa la lámpara, más claro... y no obstante, insiste Manuel, intentar «disfrutar» o que recuerden, pequeños momentos, solo, solo, con las personas que están con ellas... He llorado mucho y muchas veces, e inclusive he querido pasar su mal hacia mí, pues he visto tanto dolor en su persona, en su cara, que compartiéndolo, he pensado, que sería más llevadero para ambos! aquí, se me ha hecho un nudo en la garganta, que...! mi emoción ha debido notarse, pues mi querido Manuel Díez, calla y me observa y yo callo y no observo nada, solo callo, sin saber que decir o preguntar. ¿Sabes Carlos que en España hay unos 800.000 mil enfermos de alzhéimer? Lo sé pero... mi mente está en otro sitio. ¿Sabes las fases de la enfermedad?... la mayoría, no llega a la cuarta.... mi Basilia, tras treinta años, llegó a la séptima, ¡caso rarísimo!
Es increíble la pureza y paz que trasmite este hombre, ante la tercera parte de su vida de dedicación plena al amor. Como el gran dicho de John Gay: ¡Quien no amó nunca, no ha vivido jamás! Gracias Manuel, por tus horas de conversación conmigo, pues eso es realmente la amistad, no hacer nada, pero disfrutar o sentir, como yo he sentido contigo en voz alta a veces y otras, tan solo dejándome pensar.