Diario de León

cuarto creciente

El viento barre al carbón

Carlos Fidalgo
Ponferrada

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En los tiempos de la montaña de carbón, aquella enorme escombrera que convirtió a Ponferrada en la única localidad de España en contar con una colina artificial, el viento erosionaba las laderas y extendía una capa fina de carbonilla por las calles de la ciudad.

La montaña desapareció, no por arte de magia, sino mediante una polémica operación que repartió los escombros por solares de todo el extrarradio y que incluso enterró algunos restos industriales de valor como la antigua fábrica de briquetas.

La montaña desapareció y en su lugar hay un vacío que solo se cubre en septiembre, cuando llegan los feriantes e instalan sus tómbolas y sus atracciones durante unos días, o cuando vuelve el circo y aparcan los camiones en torno a una carpa multicolor.

Si sopla el viento en la explanada, el aire arrastra, si acaso, algún folleto donde se aprecia un elefante o un león o algún trapecista en mitad de una acrobacia, alguna entrada para subirse al tren de la bruja y recibir un escobazo en la cabeza, o los restos de un cucurucho de palomitas, el palo suelto de una nube de algodón.

Así me imagino el solar que va a dejar la central térmica de Compostilla II en la orilla del pantano de Bárcena. Convertido en un lugar barrido por el viento. Endesa ha adelantado que proyecta instalar allí, tan cerca del agua, un centro logístico para almacenar las palas de los aerogeneradores de todos sus parques de España y «mitigar en la medida de lo posible» el cierre de una central térmica que lleva funcionando en Cubillos del Sil desde 1966. Una térmica que tomó el relevo de la central de Compostilla I, en activo desde 1949 a los pies de la montaña negra.

La montaña desapareció. Compostilla I es una cáscara vacía, a la espera de que la Fundación Ciudad de la Energía dote de contenido a su edificio restaurado como museo. Y Compostilla II se va a convertir en un almacén de viento. O eso nos dicen. Porque no hay nada más ligero que el aire, nada que pese menos, nada tan fácil de escurrirse entre los dedos. Y si una brisa ligera ha desplazado al carbón estos días es porque nunca como ahora el sector de la antracita, la mina que ha alimentado a los bercianos durante un siglo, había sido tan fácil de barrer.

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