cartas al director
Rosa Dopico
y El Serranillo
D ías pasados y en las páginas de mi Diario de León se hacía referencia a la presentación de un libro con el sugerente título Extraordinarias mujeres emprendedoras, el cual estaba editado por Centro León Gótico. Sin dudarlo, me puse en contacto con su presidente, y amigo íntimo, Juan Dopico, expresándole mi enhorabuena por esta iniciativa y dándole a entender mi deseo de hacerme con esta publicación. Mi amigo Juan no me dejó acabar la conversación y me indicó que el citado ejemplar estaba a mi disposición en el establecimiento que a últimos de junio se abrió en la plaza de la Inmaculada y que, anteriormente, durante varios años, sentó sus reales en la calle san Agustín.
Mi primera idea, antes de proceder a su lectura, fue consultar el índice del mismo para conocer quiénes eran las mujeres a las que estaba dedicado este ejemplar. Y me quedé muy satisfecho y orgulloso porque una de ellas era ni más ni menos que mi gran amiga Rosa Dopico. Osea, la madre de Juan Dopico. Reconozco que de las doce elegidas a varias de ellas las pongo cara, pero sobre las restantes, estoy convencido de que la lupa que ha puesto en este empeño su autor, José Francisco Carrión, son dignas de figurar con todos los honores en este libro. Enhorabuena para la docena de ellas, y para su autor. Lógicamente me voy a referir a Rosa Dopico, y que esté tranquilo el potencial lector, porque no voy a usar el botafumeiro para hacer una disertación de las calidades que atesora y adornan a esta gallega que nació en Lugo, que vivió su juventud en Valladolid y que por la profesión de su esposo penitenció por varios pueblos y capitales de nuestra España y al final recaló en la ciudad más bonita del mundo, que es León.
El Diccionario de la Lengua Española define a una persona emprendedora como aquella que tiene decisión e imaginación para llevar a cabo iniciativas que presentan dificultades. Esta explicación le viene al pelo a Rosa Dopico porque ella se comprometió a reflotar el establecimiento El Serranillo que fundaron en 1926 sus suegros, procedentes del pueblo abulense de Serranillos. De ahí su nombre comercial.
Efectivamente, allá por los años 70 este establecimiento entró en horas bajas y estaba abocado a su fin. Rosa habló con su esposo, que, por cierto, falleció meses más tarde, y le comentó que había que hacer algo. Contó con su aquiescencia y, de golpe y porrazo, se encontró en una situación de viudedad con dos hijos y como única responsable de este gran negocio, por cierto que, en aquel entonces, estaba muy acreditado por todos los leoneses.
Resueltos satisfactoriamente los temas legales, comenzó la tarea de remodelación de la tienda de la plaza del Conde, que en aquellas fechas parecía un almacén. En poco tiempo el cambio fue espectacular. Luego, sola, tuvo que ponerse al día acerca de toda la administración de la misma, máxime teniendo en cuenta que ella no tenía experiencia alguna en estos temas. En definitiva, Rosa Dopico lo consiguió.
La conocí hace unos 40 años por mediación de una gran amiga de ambos. Mi relación personal ahora se puede decir que es de familia. Y si tengo que hacer una semblanza corta de su forma de ser, he de manifestar que es un ser muy normal. Muy amiga de sus amigos. Extrovertida, muy locuaz, cariñosa, de risa fácil. Una anécdota: Rosa estuvo internada hace dos años en el hospital Nuestra Señora de Regla de León por espacio de cuatro meses. Por su habitación estuvieron, entre otros, enfermeras, auxiliares, personal de limpieza... Ha pasado el tiempo y varias de ellas la recuerdan con afecto.
Y, como epílogo, voy a hacer una consideración. Un querido jefe, ya fallecido, me comentó en cierta ocasión que en el mundo de la empresa hay que fidelizar a los clientes, pero mucho más importante es fidelizar a los empleados. Si estos son leales y responsables, el centro de trabajo irá viento en popa. De lo contrario, caminará dando bandazos. Voy a poner nombre a cinco empleadas del Serranillo. Carmen, hace unos años jubilada; Veli, que tras 35 de antigüedad llegó al jubileo; Rose y Anable, que cuentan con 20 años de trabajo y siguen en servicio; y, por último, Isabel, que empezó cuando cumplió 16 años y sigue hoy. La fidelidad ahí la tenemos. Va por ellas.
LUCIANO MAGADÁN
Los termómetros
de las farmacias
H ace muchos años en las fachadas de las farmacias había un gran termómetro de mercurio o de alcohol de la marca Bayer, fácil de ver los grados que marcaban. Recuerdo una mañana en Astorga, fría y con niebla; los cables aparecían con un dedo de escarcha encima, el termómetro de una farmacia marcaba -18º.
Ahora con la cruz con su luz verde, indican la situación de estos establecimientos. También se alternan de forma digital los datos de la hora, de la temperatura, del día y mes. Se agradece este servicio; pero es que últimamente, además de los datos antes indicados, salen el horario de apertura y cierre y algunos de los servicios que ofrecen; a continuación, una serie de cruces y dibujitos movibles y parpadeantes. Cuando vas por la calle y quieres consultar bien la hora o los grados, ya de lejos te vas fijando a ver si sale el dato deseado; pues a veces llegas ya debajo de la crucecita y todavía no ha salido; siguen las crucecitas y los dibujitos. Entonces, bien te quedas con la boca abierta a ver si por fin sale lo que deseas ver, o te vas acordándote, y no bien, del que inventó este sistema. Menos mal que fuera del horario laboral ya sólo se alternan uno y otro dato y es cuestión de segundos ver el que quieres. De todas formas, se agradece.
¿No es suficiente la cruz verde para atraer a los posibles clientes? ¿Tan necesario consideran los farmacéuticos estos otros datos para atraerlos?
PRISCILIANO CASTILLO ARREDONDO