TRIBUNA
Caridad y Esther: si el grano de trigo no muere...
E l sembrador ¿podrá señalar en qué proceso de la sementera su esperanza es más sólida, más completa, más gozosa? Es cierto que no es lo mismo labrar, trillar la tierra, sembrar en tiempo inhóspito de invierno o al comienzo de primavera, que recoger con gozo las gavillas pletóricas de fruto en verano.
Pero el sembrador, con la paciencia del campesino, vive intensamente cada uno de esos momentos, esenciales todos ellos, en ese proceso maravilloso.
Ya han pasado veinticuatro años desde aquella tarde soleada del 23 de octubre de 1994, domingo del Domund, en que nos impactaba la noticia del asesinato en Argelia de dos religiosas españolas, Agustinas Misioneras: Caridad Álvarez, de Santa Cruz de la Salceda (Burgos) y Esther Paniagua, de Izagre (León).
La noticia de su muerte llegó a todos los rincones que alcanzan los medios de comunicación social como un impacto fatal de tristeza y pérdida, pero paradójicamente también como un haz luminoso de luz cálida y sorprendente para toda la sociedad. Porque realmente sorprende la noticia de la vida segada de dos religiosas sencillas que habían alcanzado la plenitud mayor y más deseable de una vida humana orientada hacia Dios: vivir y morir por amor.
Ellas deseaban vivir, amaban la vida y cuidaban la de niños y jóvenes enfermos; y la de los ancianos que estaban ya en esa etapa de desgaste y decadencia física, que a alguna parte de nuestra sociedad le parece «descartable».
Y lo tenían muy claro cuando se las invitaba a cuidarse en un momento histórico difícil donde su vida estaba objetivamente en peligro. Con qué convicción, humildad y coherencia se les escuchó decir cuando las hermanas les argumentaban que podrían quitarles la vida: «Nadie puede quitarnos la vida porque nosotras ya la hemos entregado».
Y eligieron, pudiendo abandonar el lugar, seguir viviendo, amando y sirviendo a las gentes que necesitaban de ellas. ¿Por qué? Para encontrar esta respuesta hay que conocer su referente. Esther decía: «Para mí en este momento el modelo perfecto es Jesús. Sufrió, tuvo que vencer dificultades y acabó con el fracaso de la cruz, del que nace la fuente de la vida»
Y Caridad concluía en su discernimiento: «María estuvo abierta al querer de Dios, quizá le costó. Deseo estar en esa actitud ante Dios en los momentos actuales». Leyendo a Abraham concluía: «Sí, me siento reflejada aquí. Estoy abierta y obediente a lo que Dios quiera de mí, a lo que vean mis superioras».
El pasado 6 de noviembre a primera hora de la mañana en el cementerio de la Almudena de Madrid, bajo un día frío, gris, nublado y lluvioso, se exhumaron los restos de Caridad Álvarez; y el día 7 a la misma hora se procedía a hacer lo mismo con los de Esther Paniagua en el cementerio de León.
Como aquel mes de octubre de 1994 acompañábamos sus cuerpos, en esta ocasión en una comitiva más reducida pero muy emocionada. Y ya las dos, reunidas otra vez en sendos ataúdes de cinc en el Instituto Anatómico-Forense, esperaban a que el equipo competente estudiase sus restos.
Era emocionante y estremecedor contemplar la escena, tener entre las manos los restos de alguien con quien has convivido, cuyos ideales de vida y opciones has conocido y admirado… y que en breve, la Iglesia universal las reconocerá y venerará como beatas e intercesoras nuestras. Era como tocar heroicidad martirial, amor incondicional, santidad pura y reconocible.
Gracias, Caridad y Esther. Nuestra gratitud muy emocionada por habernos acercado tanto la santidad a la orilla de nuestra vida viviendo la vuestra con sencillez y entrega, enamoradas de Jesús, vuestro modelo y fortaleza, y con su Madre María como guía. Vuestros restos, ‘polvo enamorado’ siguen haciéndoos presentes entre nosotras. Aquel año íbamos llorando tras los dos granos de vida que morían… hoy volvemos cantando, admirando y celebrando sus frutos. El grano de trigo que muere da fruto abundante, como dice el evangelio de San Juan, en el capítulo 12.
Gracias por decir al mundo que el amor es lo primero, que puede más que las balas, que solo matan el cuerpo.