Ponferrada

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El túnel ardió durante 24 horas. El Ejército tardó tres días en despejar la vía. Salieron trenes para Galicia con los supervivientes, trenes para León con los féretros de las víctimas y dos días después se celebró un funeral colectivo en San Marcelo. Los cuerpos calcinados dejaron una imagen dantesca. Los hierros retorcidos, los objetos perdidos desperdigados por las cunetas, vestidos de niña, cabecitas de muñecos, cartillas de racionamiento, un rosario de oro y la pistola reglamentaria del agente de la Policía que viajaba a bordo del convoy, completaron la escena de la tragedia.

Pero la noticia de la mayor catástrofe ferroviaria de la historia de los ferrocarriles españoles, el accidente que dejó un reguero de muertos —muchos más de los 83 de la lista oficial— en el túnel número 20 de la línea Palencia-La Coruña, a la altura de Torre del Bierzo y después del choque del tren correo 421, lleno a rebosar de viajeros, con un convoy de maniobras y un tren carbonero el 3 de enero de 1944, no ocupó las primeras páginas de los periódicos, ni siquiera en León.

Aquella España triste de posguerra, aquel régimen que censuraba las informaciones de prensa, los libros, las opiniones, silenció la catástrofe de Torre, la redujo a un suceso más en un país acostumbrado a los accidentes ferroviarios, con unas infraestructuras y un material muy deficiente después de tres años de conflicto armado.

De aquel desastre se cumplen hoy setenta y cinco años. Todavía seguimos especulando con el número de víctimas —el historiador Vicente Fernández rebaja la cifra a menos de doscientas en un libro de investigación que presentará en unas semanas— y en el Bierzo Alto y en los lugares a los que se dirigían los viajeros después de las fiestas de Año Nuevo aún no se ha apagado el eco que dejó la tragedia.

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Pero el túnel número 20 ya no existe. Lo desmantelaron en 1987. Las locomotoras de vapor, los frenos de almohadilla, también son cosas del pasado. Y aquel trauma colectivo que todavía produce escalofríos tiene desde hoy una escultura que lo recuerda en Torre, obra de Tomás Bañuelos. Porque hacer memoria, aunque haya quien piense lo contrario, es la mejor forma de curar el espanto.