Diario de León

TRIBUNA

Entre la revolución neolítica y la azada robótica

Publicado por
Juan Manuel Pérez Pérez Presidente del Comité Científico y Patrono de la Fundación Villaboa-Sierra
León

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« La gran revolución de la agricultura comienza en León». Así de contundente y rotundo podía leerse un tuit recientemente publicado por una de las autoridades provinciales, que me provocó una exultante alegría, y una vertiginosa catarata de esperanzas, incubadas desde mi infancia en las fecundas tierras leonesas. Quizá sea posible cumplir con uno de esos grandes retos de la humanidad que asaltan nuestros ojos y atrapan nuestras conciencias desde las foto-galerías multicolor de una revista dominguera, pensé; dejándome llevar por mi habitual propensión a la ensoñación utópica. ¿Podría ser posible «producir más comida en los próximos 40 años que en los últimos ocho mil», y terminar definitivamente con el hambre en el mundo?

Días después pude leer en este ilustrado, lustroso y acogedor periódico una esclarecedora crónica, informando acerca de las trascendentes jornadas en las que expertos y líderes sectoriales disertaban y debatían sobre el futuro de la agricultura; ese tránsito ya eminente de la modernización, el paso inexorablemente de lo tradicional a lo competitivo, y que poéticamente formulaban con lenguaje de ciencia ficción: «de la azada a las cámaras hiperespectrales». En definitiva, se trata de impulsar el proceso de automatización hasta aplicarse en las 140.000 hectáreas de potenciales regadíos del territorio leonés. Desafío nada modesto, ni banal o baladí, habida cuenta de que en algunos municipios aún no ha sido posible realizar la primera concentración parcelaria, por guerras intestinas entre vecinos (en las que paradójicamente resultan victoriosas las posiciones más retrógradas); o lo que es más grave, por la falta de determinación y autoridad moral y ejecutiva de los gobiernos, que no han sabido imponer la búsqueda irrenunciable del bien común.

Asistimos, con el uso de estas nuevas herramientas que nos proporciona internet como la teledetección o los GPS ¡qué lejos quedan los vetustos y arcaicos aperos de labranza¡, a un proceso de implementación sustancial de las capacidades para la producción hortofrutícola. Pero no estamos inaugurando una nueva era, ni rompiendo los parámetros de la historia, sino que seguimos disfrutando de las secuelas de la ‘Revolución Neolítica’, una de las grandes transformaciones, aún inacabada, de la historia de la humanidad; posiblemente la más determinante de la evolución de la civilización tras el descubrimiento del fuego.

Cuando Gordon Childe habló de la ‘Revolución Neolítica’ se refería a los profundos cambios sociales y económicos que sufrieron las sociedades paleolíticas, en un largo periodo que arranca hace 10.000 años en Oriente Medio, apareciendo de forma asincrónica en Europa dos milenios después. La principal innovación de esta llamada ‘Edad de Piedra Nueva’, o Neolítico, fue el descubrimiento de formas propias de generación de alimentos a partir de la agricultura y la ganadería, cambiando el modelo de economía depredadora por el de productora; pasando de las trashumancias, las migraciones, y la caza, a un nuevo mundo sedentario. Se domesticaron primeramente el trigo silvestre y la cebada en la agricultura, y el uro y el jabalí, que pasarían a ser el buey y el cerdo, en la ganadería, a los que seguirían cabras y ovejas; aportando a la dieta gran cantidad de proteínas y energía de forma estable, segura y cercana.

En esta revolución se asentaron los cimientos de la civilización del hombre sobre el planeta: se crearon las aldeas y las ciudades; se reforzaron las clases sociales, con la acumulación de riqueza por los nuevos aristócratas y poderosos; apareció la escritura y la organización política de las jóvenes comunidades; se comienza a transformar el medio ambiente, poniéndolo al servicio de las necesidades de una población exponencialmente creciente. Precisamente, como escribe el arqueólogo Jean-Paul Demoule, en su libro Les dix millénaires oubliés qui ont fait l´Histoire. Quand on inventa l´agriculture, la guerre et les chefs (Fayard, 2017): «El crecimiento demográfico constante, que se encuentra todavía fuera de control, provocó concentraciones humanas, tensiones sociales, guerras, crecientes desigualdades»; y añade incluso: «la revolución digital que estamos viviendo actualmente no es más que una consecuencia a largo plazo de aquella».

Curiosamente en el antruejo de Alija del Infantado, se teatralizan aquellas batallas neolíticas libradas entre las tribus invasoras de cazadores guerreros, los Jurrus, y los sedentarios Castrones, pacíficos pastores asentados en la frondosa vega del Órbigo. Las máscaras y las tenazas aterradoras son los vestigios de terribles guerras, y en los cencerros resuena la revolución neolítica recogida en la memoria colectiva de la humanidad: reflejando las huellas de un cambio climático de dimensiones planetarias, al pasar de una edad glacial a un periodo cálido. Nos trasmiten en su liturgia de danza y fuego el tránsito de nuestros ancestros entre una era dominada por tribus de cazadores nómadas, a una nueva era en la que nuestra especie se establece en fértiles valles al borde de los ríos, organizando prósperas comunidades de ganaderos y agricultores.

Con respetuosa discrepancia con el atrevido tuit que abría está reflexión, he de concluir que la gran revolución agrícola del siglo XXI (según informa el fascinante reportaje de Ixone Díaz en XLSemanal, nº 1.631) se está fraguando en el llamado Food Valley, de Westland (Holanda). Con apenas 17 millones de habitantes los Países Bajos se han convertido en el segundo exportador de productos agropecuarios del mundo, tras EE UU, por medio de una industria que genera 80.000 millones de euros/año, lo que equivale a la producción conjunta de España, Italia y Portugal. Pero este asombroso milagro tiene una causa, un foco irradiador de su poder innovador: la Universidad de Wageningen, de prestigio mundial como centro investigador y académico en programas agroalimentarios. Desde sus laboratorios han concluido que es más barato y sostenible cultivar grillos que soja, para alimentar al ganado en las sequias africanas; sus científicos utilizan fotobiorreactores para producir microalgas, y han conseguido cultivar tomates en fibra de basalto y yeso en lugar de enraizados en tierra, optimizando los recursos y el agua, reduciendo el CO2 y los productos fitosanitarios; salvando de paso a los insectos del apocalipsis a la que parecen condenados, y a la naturaleza de un «colapso catastrófico». Baste un revelador ejemplo práctico: Estados Unidos necesita 127 litros de agua para producir un kilo de tomates, China unos 284, y Holanda apenas 9 litros; e igualmente es aplicable esta fórmula al cultivo de cebollas, fresas, o patatas. Este modelo de agricultura altamente tecnológico es el único capaz de cumplir aquel sueño utópico y neolítico de alimentar a una humanidad creciente, próxima a los 10.000 millones de personas.

Se ha dicho que la política es el arte de lo posible (según Aristóteles, o Maquiavelo, o Bismarck, o Churchill, no se sabe con certeza), pero yo diría que debe ser el arte de conseguir lo óptimo. Pues bien, qué objetivo o reto puede ser más excelso, estimulante y transformador que convertir León en el Food Valley español (un océano de invernaderos altamente tecnificados e innovadores, y viveros de start-ups de base científica), con la fructífera y coordinada concurrencia y colaboración entre la Universidad, la sociedad (emprendedores y agricultores) y las administraciones, para conseguir erradicar el hambre en este superpoblado planeta, a través de una nueva revolución del milenio que hemos bautizado metafóricamente como ‘la azada robótica’.

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