Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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No sé si la realidad española del momento es una mala novela de ciencia ficción. Pero sí me parece que se han instalado grandes máquinas de fabricar mentiras, cuyas tuberías parcheadas que sobrevuelan nuestras cabezas supuran por las juntas tanta mierda, que el olor empieza a ser insoportable. ¿Cómo se puede atajar la mentira como sistema? El Parlamento se ha convertido en un escenario tan barriobajero, donde todo vale, que hace sentir profunda vergüenza ajena, puesto que el insulto llega a los umbrales de lo personal, en una muestra grave de indecencia y falta de ética, valores alejados, como tantos otros, de esas cámaras que deberían ser ejemplares. No sé qué pasaría si tales dichos y expresiones se pronunciaran en la calle. Lo que ocurre es que la calle, menos mal, rebaja la dosis de dramatismo —la crispación es más política y mediática— y se ampara con frecuencia en el humor. Aún nos queda el humor como salvoconducto de supervivencia. Es uno de los grandes activos y valores de nuestras gentes.

Estamos en vísperas de elecciones, aunque siempre sean vísperas. A la crispación —¿quién obtendrá el título de El Crispador Mayor del Reino?— se unen las deserciones, a veces encubiertas bajo las certezas, reales o intuidas, de anunciadas muertes políticas. Llámense «purgas», a secas. Los vericuetos interiores de los partidos son devoradores y no perdonan. Su disyunción es tajante: o conmigo o contra mí. Pero tampoco perdona las historias personales. Los perdedores de un lado pedían estos días clemencia con una reubicación digna o el sector privado. ¿En qué quedamos si, como dicen, en la política pierden tantos dineros como pregonan? ¿Quién? Los perdedores de otro bando echan en cara a muchos de los que se quedan que no tienen oficio ni beneficio al que volver. Entrar en política exige, y debería exigir con más decisión institucional, comprar billete de vuelta. Y más pronto que tarde. No hacerlo genera situaciones que obligan a agarrarse a clavos ardiendo. Salir a vituperar a los otros bajo una bandera y ser vituperados por los demás al mismo tiempo al amparo de otra bandera o de la misma. El mundo al revés. El escojonamiento que sustenta el humor, con gotas agrias ya. Porque los ciudadanos están hartos –y a los números me remito- de que sus teóricos representantes pierdan tanto el tiempo en tonterías. Nada de extraño tiene la subida del porcentaje de quienes creen que carecemos de los líderes políticos que los tiempos requieren. Qué suave. De risa.

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