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Héctor Bayón Campos Licenciado en Historia
León

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E l filósofo Aristóteles afirmaba que «el hombre es un animal social». Y razón no le faltaba, porque antes o después necesitaremos de la ayuda de otras personas para poder sobrevivir. Sin embargo al sabio griego se le olvidó apostillar «hasta que te encuentras con los soberbios». Ahí ya te entran las dudas y no sabes si es mejor convivir en sociedad o es preferible marchar, así en plan asceta, a un lugar donde ellos no puedan encontrarte. Aunque lo bueno que tienen estos seres es que son reconocibles. No se esconden, buscarán tu halago y se creerán superiores a ti.

Pero en los soberbios «no es oro todo lo que reluce» porque estas actitudes arrogantes y narcisistas esconden profundos miedos y bajos niveles de autoestima. En el ámbito histórico la soberbia ha sido siempre una constante. La lista de reyes, emperadores o gobernantes que en alguna ocasión han probado sus «funestas mieles» es larguísima. Pero el personaje histórico que «se lleva la palma» en cuanto a soberbia es el protagonista del siguiente cuento. Es tanto el narcisismo que desprende que será él, en primera persona, el que le relate el cuento. Cualquiera le dice que no. El título del mismo es: Yo, Gayo César Augusto Germánico.

De pequeño era un niño de anuncio, en el campamento todos me querían. No sé porque el «plumilla» éste de la Tribuna dice que soy un ser soberbio y cruel. Bueno, a lo mejor cruel sí he sido pero es que no me ha quedado más remedio. La fama cuesta, y yo lo empecé a comprobar desde la infancia. Si usted lo desea le contaré mi historia…

Corrían los tiempos del ‘Princeps’ Augusto y mi padre Germánico, dotado de una belleza y fortaleza extraordinarias, fue enviado al ejército de Germania para intentar sofocar las rebeliones de los bárbaros. Yo era un «guaje» pero mi progenitor, que veía en mí a un potencial emperador, me llevó con él para que aprendiera el oficio militar. Aunque ser el hijo del general más afamado del Imperio también tenía sus ventajas. Entre ellas, vivir en el praetorium del campamento. Una lujosa residencia, rodeada de bustos y esculturas romanas.

¡Qué buenos momentos viví allí! Todavía recuerdo con emoción el día que cumplí V años. Ese día me regalaron la equipación oficial de legionario romano con su parche oficial de la liga S.P.Q.R. Desde ese mismo momento casi siempre la llevé puesta. Parecía un niño con zapatos nuevos. Mejor dicho, con sandalias nuevas, las famosas caligae. Pero como siempre las llevaba puestas algunos soldados empezaron a llamarme «Calígula». Traducido al español sería como «el Botitas» —es que soy bilingüe, podría dar Cultura Clásica en los institutos—. A mí al principio no me molestaba, pero pasaron los años y mis enemigos empezaron a llamármelo con una clara intención despectiva. Claro, algún senador pagó con su vida ¿qué otra cosa podía hacer? Mi frase preferida era «que me odien con tal de que me teman».

Tuve que aprender a disimular las injusticias porque envenenaron a mi joven padre cuando yo sólo tenía VII años. A mi madre Agripina la enviaron al exilio y encarcelaron a mis hermanos. Con el tiempo me enteré que Tiberio, mi abuelo adoptivo, había sido el instigador porque tenía celos de mi padre Germánico. Con este drama personal la venganza estaba servida y en cuanto tuve la ocasión acabé con su vida mediante un veneno. Antes de morir le dije: —«Tiberio, donde las dan las toman». En Roma pocos lloraron su muerte. La plebe (y el Senado) me prefería a mí. Yo era joven, culto y tenía grandes ideas...

Cuando fui proclamado «príncipe» heredero del Imperio en el año 37 d.C. organicé los mayores festejos de la antigüedad. El poder me embriagó de tal manera que pensé que todo me estaba permitido. Me encantaba humillar a los senadores, a unos los marqué con fuego y a otros los encerré en jaulas. En cuanto a mi estado civil, me casé y me divorcié varias veces, tuve una relación «especial» con mis hermanas y algunos hombres me fueron gratos.

Cuando llegaba la hora de comer me gustaba presenciar decapitaciones. Y para ser sincero, creo que fui un emperador que se adelantó a su época porque fui el primero que empezó a hacer fiestas en los barcos, así en plan Ebusus (Ibiza). Además por mi forma de vestir me considero el pionero de la moda «hipster». ¡Si hasta una vez me teñí la barba de color dorado! El poder me había vuelto completamente loco, pensaba que era la reencarnación del dios Neos Helios y a mi caballo Incitatus lo llegué a nombrar cónsul ¡cómo estaba de la cabeza! Normal, cada vez tenía más enemigos y yo sabía que iba a acabar mal. No me equivoqué, porque en el año 41 d.C. un grupo de conspiradores liderado por un tal Querea acabaría con mi vida. Me asestaron más puñaladas que a Julio César…

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P.D. Aunque al principio no me caía demasiado bien reconozco que el autor de esta Tribuna ha sabido sacar lo mejor (o lo peor) de mí. Por eso me gustaría que le dieran una oportunidad en el mundo de la docencia o en la televisión. Se le ve preparado. Fíjate, que estoy pensando en cederle mis derechos de imagen porque total, como mi alma anda vagando por el Averno...