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EL CORRO PEDRO VICENTE
León

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N o se recuerda por estos lares un estado de excitación política como el vivido estos días en Castilla y León, una Comunidad que durante décadas ha constituido una auténtica balsa de aceite cómodamente dominada por el PP. La deserción de Silvia Clemente de las filas populares para engrosar las de Ciudadanos ha supuesto una sacudida con repercusión para todo el ecosistema político castellano y leonés.

Las accidentadas primarias autonómicas disputadas por la expresidenta de las Cortes y el hasta ahora diputado Francisco Igea han devenido en una especie de montaña rusa que finalmente se detenía ayer con un inusitado fair play entre ambos contendientes. La comisión de garantías atendía la reclamación del segundo, modificando el resultado inicialmente favorable a la primera, de forma que el vallisoletano se hace cargo de la candidatura naranja a la presidencia de la Junta.

Sin embargo, la segoviana, lejos de agarrarse una pataleta al ver frustradas sus aspiraciones, ha acatado el veredicto, expresando su firme voluntad de continuar en el seno de la formación política. Ello hace sospechar la existencia de un pacto mediante el cual la expresidenta de las Cortes no tardará en asumir otro rol político bajo las siglas de Ciudadanos.

Como consecuencia de dicha montaña rusa el partido naranja ha salido de la modorra en la que estaba sumido en Castilla y León, donde con otro candidato diferente a Igea o Clemente corría serio peligro de difuminarse ante el empuje de Vox, que estaba atrayendo hacia sí a muchos de los descontentos del PP que, a falta de otra alternativa, en su día decidieron mudarse hacia Ciudadanos. La superación sin traumas de la fractura interna que habían supuesto estas primarias sitúa nuevamente al partido naranja en disposición de volver a ser una fuerza competitiva y potencialmente decisoria en un tablero político fraccionado ahora en cinco opciones.

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En contra de la deducción a la que puede llevar un análisis simplón, la reedición en Castilla y León de un pacto a la andaluza es harto improbable, precisamente a causa de la previsible posición contraria de Ciudadanos. Si el partido naranja justificó la alianza andaluza en la necesidad de poner fin a la larga hegemonía socialista en esa comunidad, ese mismo argumento conduce a desalojar aquí del poder al PP, que lleva 32 años instalado en la Junta. Resulta obvio que esa lógica de impulsar la regeneración política mediante la alternancia en el gobierno pasaría en Castilla y León por una versión autonómica del «pacto del abrazo» suscrito en su día entre Sánchez y Rivera. Siempre y cuando, claro está, que entre ambos partidos sumen los 41 procuradores necesarios para ello.