Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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En el número 16 de la calle Ronda de Bilbao, nació un día de septiembre de 1864 Miguel de Unamuno. El edifico sombreado en la margen derecha de la Ría tiene una placa de mármol en la fachada que recuerda que allí estuvo el primer hogar del autor de Niebla. Del hombre que en los primeros meses de la guerra del 36, ya al final de su vida, fue usado por el bando sublevado como paradigma del intelectual comprometido con la ‘cruzada’, hasta que Unamuno dijo basta en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca y mantuvo el sonado enfrentamiento verbal con Millán Astray, caudillo mutilado de la Legión, que Alejandro Amenábar convertirá este año en una película. ‘Venceréis, pero no convenceréis’ es la frase universal que nos ha quedado de aquel episodio

En el bajo de la casa de Unamuno en Bilbao hay una frutería, una puerta principal pintada de graffitis, y una pancarta que reclama la independencia de Euskal Herria, con Navarra y el País Vasco Francés, colgada de un balcón. Estamos en el Casco Viejo de Bilbao. Y la huella abertzale convive con las efemérides.

A la calle Ronda se llega tras cruzar una plaza coronada por la testuz del escritor en una columna griega. Es un homenaje, pero a primera vista parece la cabeza de un decapitado en lo alto de la picota.

Unamuno, más que ningún otro, es la voz de la Generación del 98, la que se lamentaba de la decadencia de España. Una figura incómoda, seguro, para algunos de los inquilinos del edificio donde nació, del barrio que lo rodea, cuajado todavía de pancartas y de pintadas que exigen la liberación de los presos de ETA.

A los pies de su casa natal, un domingo de marzo lluvioso —como solo llueve en Bilbao— mientras observo la placa y la pancarta, la frutería cerrada, los turistas que caminan despistados por la calle peatonal, pienso en la aparente contradicción de los dos símbolos: Unamuno y el nacionalismo. Y me viene a la cabeza, como un fogonazo, aquel cuento de Pereira que narraba cómo Millán Astray, tras hacer noche en Villafranca del Bierzo al comienzo de la guerra, terminaba de colocarse la ortopedia para reemprender su viaje y se daba cuenta de que le sobraba una pieza. No había forma de encajarla, pero el mecanismo funcionaba igual.

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