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antonio manilla
León

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En un poema del norteamericano Tom Clark, que leo traducido por Jordi Doce en su Libro de los otros, encuentro esta idea de las «emociones diminutas». Un sintagma tan sugerente que cabe aplicarlo a una m?ultitud de acontecimientos de nuestra vida diaria que son capaces de despertar en nosotros un pequeño temblor o un vago estremecimiento que, sin embargo, no llega a alcanzar el núcleo de los sentimientos. Son emociones diminutas el roce de una mano amada, la lluvia cayendo sobre el rostro, las palabras exactas de un amigo justo en el momento que más las necesitamos. Efímeras o transitorias dichas que, sumadas, componen un retablo de conmociones que, si no hacen la felicidad, ayudan a combatir la tristeza atacándola en sus puntos débiles. Un hombre aquejado de negra melancolía o inclinado hacia el abismo, al que se le administren un par de estas minúsculas sensaciones, acaso albergará por un momento la duda suficiente para salvar la jornada. Y un día, cuando se habita en el reino de las oscuras sombras, sabemos que puede valer por una vida.

Tú, igual que yo, lector, seguramente tendrás conocimiento de la puesta en valor de terapias para ancianos con animales de compañía o acaso hayas leído en alguna ocasión que los poetas de esta ciudad acuden de cuando en cuando a compartir sus composiciones con los enfermos mentales. La soledad y el desequilibrio emocional encuentran en la convivencia con perros, caballos y versos, un linimento que hace más llevadera la existencia. Mascotas y escritores son capaces de generar esas píldoras de bienestar y, aun a sabiendas de que no resulta fácil ser gato o poeta, a uno se le ocurre pensar que no resultaría inicuo ni es del todo imposible que ese don pudiera estar al alcance de los humildes mortales, peatonales o motorizados, a poco que nos esforzásemos.

Mientras alguien acaso investiga cómo encapsular la felicidad y administrarnos el bienestar espiritual mediante un genérico barato y legal, en este intervalo que nos ha tocado habitar estaría bien que cada uno de nosotros pusiéramos algo de nuestra parte para fomentar y propagar en nuestro alrededor más próximo ese conjunto de gestos que mejoran la existencia de todos. Amabilidad y sonrisas, en vez de adustez y gravedad, son una buena receta elemental. Porque vivimos en un limbo asistido, pero hay pequeñas acciones que a veces nos permiten atisbar el cielo.

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