fuego amigo
Pioneras de Espadaña
Este mes (el día 6, a sus 93 años) falleció en Santiago de Compostela la filóloga Pilar Vázquez Cuesta (1926-2019), que fue la primera catedrática de portugués en la universidad española. Pero mucho antes de ese logro, Pilar Vázquez Cuesta formó con la roblana Josefina Rodríguez (1926-2011), quuien adoptó el Aldecoa marital para su labor más conocida de novelista, el dúo femenino de la revista de poesía leonesa Espadaña (1944-1951). Si no me equivoco, y espero que no, Gamoneda es ya el único paseante de Espadaña (en cuyas páginas alcanzó a publicar un poema en 1950) que sigue recorriendo las calles de la ciudad. Pilar Vázquez Cuesta era hija de Daniel López Campo (1894-1940), diputado republicano gallego de Casares Quiroga doblegado por la guerra y recluido en la enseñanza de supervivencia, y estableció contacto con Espadaña al veranear en León mientras estudiaba Filología Moderna en Madrid.
Autora, con Alberttina Mendes, de una Gramática portuguesa (1949) canónica, en 1976 publicó la modélica antología bilingüe Poesía portuguesa actual, un panorama que abarca desde Pessoa a Eugenio de Andrade A diferencia de Josefina Aldecoa, cuya aplicación estudiantil no le dejó estrenarse en la revista, Pilar Vázquez Cuesta publicó siete poemas y tradujo para Espadaña un relato de los Nuevos cuentos de la montaña (Renuevo), así como una selección significativa de los Poemas ibéricos del portugués de Tras Os Montes (la comarca del país vecino que prolonga nuestra geografía sentimental al otro lado de la raya) Miguel Torga (1907-1995), quien a su reclamo visitó León en el verano de 1951.
En el viaje peninsular de aquel verano, que Torga recoge en sus Diarios, «León es la ciudad española que inspira más esperanza. Abierta y actual, risueña, todo en ella es esfuerzo connivente, tolerancia y gusto progresivo». Ese espíritu la aleja, «igual que un Pilatos urbano que se lava las manos, tanto de la inquietud asturiana como de la intolerancia castellana». Torga hace un alto de complicidad en León, al abrigo de sus acogedores amigos de la expirante Espadaña, y se encuentra en los caladeros del Húmedo con los jóvenes poetas que digieren el naufragio de la revista. «Avenidas amplias, casas limpias, gente acogedora», escribe Torga de esa estancia en León. «Incluso la catedral, airosa, con esas bonitas vidrieras que parecen iluminarle el alma, me ha producido una impresión de optimismo. En vez de una maciza fortaleza de fe, como tantas otras que hay por aquí, me ha recordado una gran antorcha de Diógenes, construida por alguien que quiere buscar en la belleza serena el camino de lo trascendente». De aquí sigue camino a Valladolid, cuyo Museo de Escultura le acaba pareciendo «una especie de manicomio teológico».