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Felipe Fernández de Mata abogado bañezano
León

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E n este año 2019 se cumple el quinto centenario de la llegada de Hernán Cortés a México, donde fue protagonista de una de las mayores gestas de la Historia de la Humanidad.

Tenemos la suerte de que aquella hazaña tuvo un cronista que nos la narró con detalle: Bernal Díaz del Castillo quien le conoció bien, y nos ayudará a aproximarnos al personaje: Era de buena estatura y cuerpo, y bien proporcionado y membrudo,,…y era en los ojos en el mirar algo amoroso…era buen jinete y diestro en todas las armas…comía y bebía una buena taza de vino aguado que cabría un cuartillo, y también cenaba, y no era nada regalado…era de afable condición con todos sus capitanes y compañeros. Y siempre en las batallas le vi que entraba en ellas juntamente con nosotros…

Un juicio sobre Cortés de Orozco Linares, historiador mexicano nos lo acercará más:

«Leyendo a Bernal (Díaz del Castillo) seremos testigos de la enorme empresa que fue la conquista de México: de las argucias políticas de Cortés, de sus golpes maestros, de su habilidad diplomática y de su energía y valor en las grandes batallas, en los triunfos y en los descalabros…»

«…en la obra inmortal (de Bernal) están todos los personajes plasmados, y fueron de carne y hueso; personajes que parecen arrancados de las páginas de la clásica literatura helénica con las aventuras de Jasón y los argonautas o en las correrías de los áticos frente a Troya».

En la Historia del mundo Occidental es difícil encontrar nada comparable al descubrimiento, y colonización de América. Y ello por su excepcionalidad histórica, por la riqueza de la herencia que allí quedó, por lo duradero de sus instituciones, y por la sensación de hermanamiento real, no ficticio o artificial entre los pueblos que intervinieron en los hechos históricos.

Constatamos así que hablamos el mismo idioma, estudiamos en las mismas Universidades, leemos a los autores de cualquier país como si fueran propios (que lo son), oramos al mismo Dios, y tenemos Historia compartida y tradiciones comunes.

Todo apunta hacia una herencia solo comparable a la que Roma dejó en España durante sus siglos de permanencia en Hispania.

En pocas ocasiones recordamos que hubo un tiempo en el que la Península Ibérica estuvo poblada por distintas etnias, tribus y grupos cuyo único nexo de unión eran apenas los límites geográficos que proporcionaban el mar y las cordilleras, como los Pirineos.

Sabido es que hay registros históricos muy documentados sobre la presencia en la península de pueblos llamados iberos, celtas y celtíberos. Sus orígenes eran lejanos y diversos, unos venían de África o del Mediterráneo, otros eran centroeuropeos, indogermánicos, o del este de Europa.

Sin ánimo de ser exhaustivo, se pueden citar a varios de aquellos pueblos como una muestra del mosaico que era la Península cuando se produce la irrupción de Roma: aquí había Lusones, Lobetanos, Caristios, Várdulos, Astures, Cántabros, Vadinienses, Ilergetes, Turboletas, Turdetanos, Ausetanos, Ilercaones, Bastetanos, Edetanos, Olcades, Lusitanos, Berones, Pelendones, Arevacos, Belos, Titos, Autrigones, Caristios, Vacceos y aún podrían citarse muchos más.

La llegada de Roma a España se produce tras una muy larga guerra que duró doscientos años, no exenta de episodios muy crueles, y durante los siguientes siglos, Hispania pasa a comunicarse en un idioma común: el latín. Tiene también una religión común: la cristiana. El Derecho Romano y su estructura judicial se aplican sin excepciones, y el bienestar general se extiende. Roma explota minas de oro (las Medulas), de cobre (Riotinto), etc. y puede decirse que algunas quedaron exhaustas, como las de oro, tras haber proporcionado la mayor parte de ese metal utilizado por el Imperio Romano. Pero también exporta en grandes cantidades varias de las mercancías más apreciadas por el mundo romano: garum, trigo, vino y aceite de oliva

España llegó a América en 1492. Conocida es la interpretación del encuentro de dos culturas: una llega del Renacimiento y la otra está aún en el Paleolítico. En la una venían la rueda, los caballos y las armas de fuego, pero también, el cristianismo, el idioma, el conocimiento, la ciencia, el progreso asociado a un mundo nuevo, las leyes de protección de Indias y las Universidades. España tras trescientos años, reconoce la independencia pero allí quedan el idioma, la religión, el Derecho, la cultura y las instituciones. Adicionalmente la división entre virreinatos pasa a ser el embrión de las fronteras entre los distintos países que van apareciendo.

Hemos escuchado y leído muchas veces sobre las masacres cometidas sobre las poblaciones indígenas por los españoles y reconociendo que las conquistas nunca fueron sin sangre y que además que con ellos llegaron enfermedades, podemos visualizar que antes del descubrimiento había pueblos toltecas, aztecas, chichimecas, mayas, quichés, quechuas, aymarás, etc. La partida de España dejó bloques poblacionales más integrados que se agruparon tras la independencia en nuevos estados.

Por citar unos casos, en México existen hoy en día Mayas, Aztecas, Mixtecos, Zapotecas, Otomís, Nahuas, Totonacos, y una población mestiza propiciada desde el principio por los matrimonios mixtos, que excede el 50%.(el hijo de Cortés y Marina sirvió como paje a Felipe II). En 1539 llegó la primera imprenta a México y en 1553 se fundó la Universidad de México donde se enseñaban Matemáticas, Filosofía, Medicina, Derecho, Idiomas Nativos, etc.

En el momento de la independencia en México los españoles (europeos y criollos) eran el 20% de la población, en tanto que el otro 80% correspondía a indios, mestizos y otros pueblos.

En Perú, habitan hoy Quechuas, Aymaras, Arahuacos, etc. Y de igual modo, existen hoy Aymaras, Quechuas, Atacameños, o Mapuches en Chile. Bolivia, tiene más de un 60% de población indígena con los Aymaras y Quechuas, y Guatemala tiene hoy más del 40% de la población indígena.

Esta constatación nos permite formular hoy una pregunta teñida por la melancolía ¿dónde están en España ahora los Vadinienses, los Berones, los Autrigones o los Turboletas?

Dejando al margen opiniones interesadas en defender ideas preconcebidas que no se corresponden con la realidad, es un hecho que el Imperio Español en América, y el Imperio Romano en Europa producen unos resultados similares: al marchar queda una lengua común, una religión común, un Derecho uniforme, y unos principios morales y políticos similares, herencia que permanece durante los siglos siguientes.

Rindamos ahora nuestros pensamientos ante uno de los hombres que ha llevado a cabo una gesta única en la historia de la Humanidad. Desde el siglo XVI, Hernán Cortes ocupa un lugar preferente entre los descubridores y colonizadores.

Celebrémoslo, ya que nos cabe el honor de ser sus compatriotas.

Si García y Bellido habla de la Romanización de España, ¿por qué ha de ser políticamente incorrecto ahora hablar y presumir de la Hispanización de América?

Celébrese como corresponde el quinto centenario de su llegada a México, compartiendo el hecho con quienes recibieron su herencia.

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Sí, sin ninguna duda, desde el respeto y con orgullo, rindamos la lanza por nuestro Cortés.