Diario de León
Publicado por
Manuel Arias Blanco profesor jubilado de secundaria
León

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C uando aparece el odio la separación toma tintes excesivamente dramáticos. Mientras haya discusiones dentro de unos márgenes legales la sangre no llegará al río. El problema surge cuando nace el odio y se expande. Se percibe en la mirada y en las palabras que disparan unas balas envenenadas. Ya no hay vuelta atrás. Mejor, romper la baraja y empezar de cero. Una sociedad no se basa en valores negativos, so pena que camine hacia la destrucción

Y eso es lo que he visto en imágenes recientemente. He visto tanto odio que me parece imposible un entendimiento mutuo. A la barrera del idioma se le suma el fervor de las palabras. Eran dardos o bombas que trataban de destruir cualquier puente de proximidad. Habrá que preguntarse cómo hemos llegado hasta aquí. Eso no surge de repente. Se va amasando día a día hasta que se hace mayor y revienta. Y difunde un oleaje de amplio espectro. No hay marcha atrás. La reconciliación no echa raíces, ni nadie la echará de menos en un tiempo razonable.

¿Por qué hemos llegado a este clima de odio y hartazgo? Quizás los políticos irresponsables han prendido todos los resortes de la ofensa y el ciudadano de a pie se ha guiado inocentemente por esas oscuras palabras. La obediencia ciega conduce a estos descalabros a poco que nos descuidemos. Los políticos han puesto al margen a muchos ingenuos en esta ardua tarea de separación y desarraigo. Y, además, se arrogan el derecho de expulsar del propio territorio a personas que se han ganado con creces la estancia pacífica y agradecida. Pero los intrusos a base de poderes ilegales se erigen en autoridades de quita y pon que nadie les ha inferido. Les ampara el jefe superior, aludiendo a no se sabe qué leyes inventadas. Ya todo es un desmadre sin igual que puede aniquilar el orden legítimo que tanto nos ha costado conseguir.

Los iluminados abundan como los cardos salvajes. Pueblan los campos y pobre del incauto. Embaucar es fácil, sobre todo si apelamos a signos de idioma y supremacía. Si argüimos que el territorio es nuestro y utilizamos ese campo para hacer y deshacer a nuestro antojo, entonces cometeremos el mayor crimen posible: intentar echar de algo común a quienes nos estorban. Y esto puede acarrear consecuencias nefastas y desórdenes no queridos.

En un mundo global donde tantos quebraderos de cabeza hay para aligerar el paso y formar una sociedad más igualitaria, vienen unos locos y se inventan un tramado de enfrentamiento continuo. Todos estamos sensibilizados con los ciudadanos de países en guerra. Incluso los acogeríamos en nuestro país antes de que sufrieran maltratos y vejaciones. Todos estamos en este armónico acuerdo, aunque compete a las autoridades crear espacios de concordia. Todos vamos en el mismo carro, pero siempre tiene que haber algún politicucho que nos amargue la vida con la puesta en escena de separaciones innecesarias. Como si no hubiera ya bastantes problemas cercanos que resolver.

El político ha de dar coherencia a estos desórdenes, salvo que alimente el nefando sentimiento de echar de su lado a los que hasta ahora han construido el escenario común de libertad. Cada cual vive donde la fortuna quiso, independientemente de su voluntad. El oficio del padre, la casualidad del amor, la aventura juvenil… han hecho posible que uno esté en un sitio u otro, en un país u otro. Luego, crecemos y levantamos la vida como mejor podemos dentro o fuera de nuestro entorno. Siempre desde la más pura honestidad y buen hacer. No hay barreras más allá de las propias trabas que la sociedad nos vaya levantando, aunque lo primordial sea el ambiente de libertad y democracia que nos ampara por haber nacido allí donde nacimos. No puede ser que unos iluminados se empeñen en obstaculizar esta ardua carrera que es la vida con cuestiones personales y fantasmales. En vez de alisar la vida, van y nos impiden un armónico entendimiento por mor de sus ínfulas malsanas de querer aspirar a gobernar su ínsula barataria. Vale ya de bromas, por Dios.

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