Ferlosio en Villalar
R ecuerdo ahora, sacudido por la muerte de Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019), cómo recién llegado a Ámbito en 1987 recibí un recorte de Abc con la apasionada invectiva de Ferlosio al reajuste provincial del diccionario de Madoz. El exabrupto vino en el correo protocolario que sigue a las mudanzas de empleo, remitido por el ingeniero Benet, quien había escoliado la acritud del gramático con agudos sarcasmos complementarios. Y de postre, proponía un encuentro en Villalar, para sellar las paces con un Toro escogido en el figón moralino del Chivo. Y así se hizo, al cabo de unos meses de enrevesados preparativos. Entonces aprendí que la empresa MZOV que empleaba a Benet formó su nombre con hitos de la línea Medina-Zamora-Orense-Vigo.
Mientras poníamos fecha a la excursión, deduje que parte del enfado de Ferlosio venía de la condición enciclopédica ninguneada de su padre. Faltaba un cuarto de siglo para la novela de Cercas, y Sánchez Mazas entonces era apenas un espectro traído por Trapiello del pasado más ful. Un siglo después del Diccionario que proyectó Madoz, para consolidar la ordenación provincial, Sánchez Mazas había conseguido la bicoca de dirigir, mediados los cincuenta, el Diccionario Geográfico de España, primer cohete de la ruidosa pirotecnia del Régimen para cascabelear los Veinticinco Años de Paz. Como la tarea la llevó a cabo un equipo competente, encabezado por el exiliado interior Germán Bleiberg (1915-1990), que también hizo el Diccionario de Literatura firmado por Julián Marías, el resultado fue más que estimable.
Pero entonces a Ferlosio no le hacía gracia su eventual exhumación, así que se revolvió contra el rescate parcelado del Madoz por Ámbito. Luego en Villalar hubo incluso una foto de cuadrilla con el monolito. Ferlosio había pergeñado una serie de artículos muy sabrosos con motivo de las primeras celebraciones accidentadas de Villalar, aunque sus preferencias no iban tanto por el trío comunero como por la desdichada Beltraneja. Entonces Rafael Sánchez Ferlosio era todavía más póstumo que ahora. Después de las Industrias y Andanzas de Alfanhuí, (1951), cuya edición sufragó su madre, y de El Jarama (Nadal del 56), no había vuelto a publicar hasta que vieron la luz Las semanas del jardín (1974): dos tomitos de suculenta reflexión cervantina, cuya eclosión se debió al empleo editorial en Nostromo de su hija Marta, la Torci, más tarde triturada por la fiereza de la heroína, mediados los ochenta. Alfanhuí es quizá la parte de su obra que mejor aguanta el paso del tiempo. Una fantasía luminosa que culmina a orillas del Carrión, donde Palencia se muestra clara y abierta, ofreciendo por cualquier parte una entrada franca y alegre, partida por su mitad como una hogaza de pan.