LA LIEBRE
Los de pueblo
Al rebufo del éxito de Vermuzazo, el grupo de Villamuñío que dispara letras incisivas de agrorrock subido a un Barreiros y rodeado de cabras, los partidos políticos han visto el filón rural como nicho —nota: no es una metáfora— del que sacar votos. El ansia con la que se han tirado los candidatos a las carreteras secundarias sin arcén muestra una vez más su habilidad para generar el problema y proponerse como la solución. Después de décadas de abandono continuado, políticas de concentración de servicios, expolio de los recursos naturales, estrangulamiento de las opciones para generar negocios e incentivación del éxodo a las ciudades, las formaciones han cogido la bandera de la despoblación para tapar sus vergüenzas. El foco puesto por los laboratorios electorales en los pueblos genera situaciones tan esperpénticas como la visita de Pablo Casado el pasado fin de semana en Matadeón de los Oteros. El aspirante se dio una vuelta en un tractor como si fuera un Hummer, abordó a las vecinas para ver cuántos días había médico —si llega a ser en verano se pasma—, tiró de campechanía con los vecinos que le recordaban de manera vaga de algún verano suelto y se fotografió con la rapacina recién nacida del matrimonio de inmigrantes que lleva el teleclub para proclamar, adornado con una chapa de «Yo soy de pueblo» en la solapa, que «se acabó la despoblación». Material más que suficiente para rodar una secuela de Amanece que no es poco.
El esfuerzo del PP se apunta al mismo ridículo que el resto cuando quieren presumir de iniciativas para la bautizada como España vacía: el término que nació a partir de un monumental trabajo literario de Sergio del Molino y ha devenido en tema de agenda para oportunistas. Ahí se apunta el engañabobos del PSOE, con su trampantojo de «transición energética justa» para subsidiar jubilaciones; el esperpento de Ciudadanos, que dibuja un escenario rural suficiente para que haya al menos quien atienda al señoriteo de fin de semana y al turismo de parque temático; el postureo de Unidas Podemos, que se viste de Decathlon para proponer alternativas neohippies trasnochadas y ecologismo de Disney; y el descaro de Vox, que descarga su balacera como si todo el mundo rural fuera un enorme coto en el que cazar. No son de pueblo. Son cosmopaletos.