cartas al director
La amistad, el dolor y la primavera
E n mi entrega anterior del día 10 me refería a la amistad y a las normas con que hemos de generarla, mantenerla y hasta mimarla ¿Nos esforzamos en hacer amigos?, ¿actuamos en sincera confraternización?... La época primaveral, aseguran los poetas, es propia para el amor. El ambiente huele a rosa y a nenúfar, y el ranúnculo respira romanticismo y… generosidad. Bien, al margen de esa envoltura de amapolas y anémonas, les cuento que hace años me relataron —por escrito y verbalmente— particularidades de una persona (supongamos que coetánea de otra, más o menos célebre aquí, en León), un quídam de raquitismo mental, adicto a la burla y al orujo; peón desnortado, con escasos recursos, y alborotador en la rúa… Yo, a un individuo con más o menos afecto y aquellos antecedentes, trataría de ayudarlo en la búsqueda de una atmósfera respirable y respetable; en el fondo, el ciudadano en cuestión era tratable, si bien ignorase los momentos en los que hacía daño, o en los que debía ser útil…El caso es que el escenario de su vida, totum revolutum, parecía convertirse en un aguafuerte de contradicciones, en una especie de existencia… inexistente; o lo que es lo mismo: que él no era el que se decía que era, sino un «diablo cojuelo» ocasional, como los pícaros de Guevara, para perturbar la vida y lo usos del personal corriente y honrado de León; ciudad que ahora sufre las consecuencias ¿de una literatura heredada? Paco Pérez Herrero —buena persona y estimado poeta—se sinceró conmigo: «el asunto del pellejero es posible que no tenga cambios… por ahora; pero creo que el protagonista era buena gente, y que se podía haber hecho algo más por él, con distintas formas y sin el «aparato» post mortem. Agradecí las palabras del amigo y, desde ese mismo día prometí —año a año, y día a día— (en todas las Semanas Santas de esta entrañable León) prometí, repito, rezar por un ser desafortunado llamado Genarín, que tenía —y tiene por gracia de Dios— un alma; y el derecho a que no se le interprete.
ENRIQUE CIMAS
El encanto de la festividad
M iles de personas se acercan a la ciudad para asistir a esta gran festividad, que recorren las calles de Madrid; con el objetivo de participar en este acto. Ambiente conmovedor para todos los asistentes donde el resonar de las trompetas, los tambores y el encanto del colorido de los trajes es señal que en España se vive la Semana Santa. Todos unidos a un mismo paso proclaman su devoción por estas fechas que genera emoción y fascinación por muchos. Pero, que recuerdas cuando estamos en estas fechas; un festivo más, una fiesta que nos genera satisfacción o las flagelaciones romanas, los clavos en sus muñecas y en sus pies; esa muerte tan lenta y agonizante que demuestra amor La verdadera liberación del castigo que merecíamos todos, el recordatorio de que no solo murió en la cruz sino que aquella tumba estaba abierta después de tres días; y por ello celebramos su resurrección como símbolo que genera esperanza por el próximo reencuentro y que al ser participe la santa cena recordamos esta gran festividad tan solemne, no por actos sino por su amor.
alejandra giraldo