león en verso

La luz que se ve con los ojos cerrados

León

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Entre esas veces que se ve mejor con los ojos cerrados, la escena de Desayuno con Diamantes, cuando Audrey Hepburn le regala un billete de ida al arrebato a George Peppard, y al cinéfilo lo empapa de éxtasis mientras sobreviene un final del mundo apoteósico que cabe en el Moon River de Mancini. Al golpe de silencio, se besan, se giró la cámara de Fernando Otero, para hacer inmortal y ampliar al extremo el sentido literal de la pasión leonesa; pasión, también, porque el proceso del mundo que nace cuando dos se besan no lo detiene ni el jueves santo.

Los últimos quince días abrasadores de León aclaran con verdades palmarias que conviene besar con los ojos cerrados y votar con ellos bien abiertos (y, así, despejar cualquier tentación de la media naranja de cambiar alcaldías por presidentes autonómicos esta primavera); se bajan los párpados porque se concentran los sentidos en el empeño; bloquea el acceso visual a elementos extraños, al ruido exterior, y pone a pleno rendimiento todos los recursos mentales.

Esa luz que sólo se enciende cuando cierras los ojos; ese beso como paradigma de todas las aristas de los besos; de los que curan heridas y tajos profundos en el alma; bálsamo y veneno; los besos patrimonio inmaterial de la humanidad y los besos carnales; los besos que crean adicción; los que no se dan y que empapan hasta los huesos; los besos que evitan que los te quiero se mueran en la boca, sin ser dichos. Entre tanto cachivache que vuela por el curso de la actualidad, esta que cazó Otero es una de las imágenes más hermosas que se dejan contemplar; referencia de estado sentimental, que aconseja quedarse con quien te bese como besa la chica con los ojos cerrados al cofrade tras el capillo azul celeste de la Bienaventuranza; que de inmediato descubriría, se supone, porque no se entiende, de otra forma, cómo iban a soportar las mejillas tanto ardor al abrigo del antifaz.

Fascinante momento, hasta para la disidencia, notable en este León en el que aún cae más gente por la envidia que por los precipicios. Si el éxito depende de no olvidar de dónde se viene tanto como la felicidad del adónde se va, una de las salidas directas está en tener bien claro a quién se le puede entregar a ojos ciegos un beso con los ojos cerrados.

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