Publicado por
manuel garrido escritor
León

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¿ Qué tiene que ver el color morado con guarecerse de la lluvia? Cuando a alguien lo sorprendía en el campo la lluvia o la tormenta, tal vez un viento fuerte o frío, trataba de amoratarse, pero no es que de pronto se volviera morado, sino que corría a cobijarse o guarecerse, pues eso significa amoratarse en el ámbito dialectal leonés, por ejemplo bajo una «sopalla», otro término dialectal para denominar una roca con un hueco o saliente a modo de cornisa. La palabra, que no es, como a la vista queda, lo que parece, sortea el aparente enigma si es un desarrollo del término «morata» (morada, de morar), que aparece en la expresión «ponerse a la morata», o sea, al amparo o cobijo de un muro, balcón o alero.

Pero el enigma reaparece con la variante «amorotarse», que también se utiliza. Se cuentan en Cabrera leyendas de moros, esos seres misteriosos que habitan en cuevas generalmente excavadas en la roca, custodios de tesoros en ellas escondidos. Nada tienen que ver con los moros-árabes, si bien en el imaginario popular llegan a confluir.

Son leyendas muy familiares entre campesinos y más entre pastores. De modo que «amorotarse» no significaría otra cosa que «hacer el moro», o sea, guardarse como ellos en una cueva, o si no, bajo una roca, incluso un árbol. La conjetura, sin embargo, resulta innecesaria, si es que en realidad se trata del mismo verbo con ese mínimo cambio de vocal. Pero volvamos al verbo «morado».

Ahora las grandes laderas de los montes y montañas cabreiresas donde florecen las urces semejan lienzos fabulosos tintados con una pincelada mágica en la gama del morado, lila y cárdeno. He aquí la montaña al sol, amoratada en las laderas cubiertas de urces del Morredero y la Aquiana, las faldas del Vizcodillo, el pico de Llagarino que se alza entre Castrohinojo y Marrubio y muchas más. Dos manchas que sobrevivieron al fuego del 2017 más lucen y se destacan entre la carqueisa brotada y ahora florida como un polvo de amarillo suave llovido sobre el monte de Villarino. Y luego está el Teleno.

Pasó el largo invierno y ahora en los días claros de primavera la silueta del Teleno se recorta más nítida y grandiosa en la nueva luz y el más intenso azul y sus laderas, apenas despegan del valle a sus pies, exhiben la gran pincelada cárdena, que conduce la mirada con el temple y la profundidad de un lance torero de suavidad interminable. La comparación es pertinente, porque en verdad semeja la capa amoratada que un torero celeste dejó allí olvidada tras la faena perfecta creadora. Y esa capa cubre los flancos del coloso bajo el imperio de su cabeza del color gris oscuro de la roca que lo corona.

Los romanos trazaron por ellos canales de agua para la explotación del oro. Aún se marcan sus huellas leves, costurones de viejas cicatrices, cordones vegetales para ceñir el dorso del gigante mineral.

En uno de los montículos cerca de Corporales los primitivos pobladores construyeron sus casitas en una «corona» en lo alto para mejor defenderse. No por casualidad la pusieron allí, sino porque precisamente el Teleno quedaba enfrente, aún no ceñido o maniatado por unos soberbios invasores llegados de lejos. Él era el más grande, dueño absoluto del trueno y los otros elementos intimidantes, y así lo veían los días del invierno: cubierto de nubes negras apretadas a sus sienes, o cuando se desataba la tormenta y de pronto brotaban aquellos truenos que rodaban retumbantes por las laderas como un viento de terror. En realidad se portaba como ellos lo esperaban de su dios de la guerra, su Marte propio, y siempre tenían presente aquella cara terrible del dios airado, cuando lo invocaban al repeler o atacar a la hueste enemiga.

Pero después venía la primavera, los días se alargaban y colmaban de luz y entonces la montaña se orlaba de una brillante y benigna claridad, perdida la otra luz de ceniza de los días cortos del invierno. Era otro Teleno, es decir, la otra cara del dios, aquel que ahora protegía sus campos y sus hogares sereno, paternal, resplandeciente. Las nubes habían desaparecido, las aguas cantaban por los arroyos y regueros y espejeaban en las praderas, mientras árboles y arbustos brotaban sus flores en una lluvia de colores y aromas para el gozo de los sentidos en vilo.

Entre esas flores estaban las de las urces que manchaban de morado las laderas. Por encima de ellas resistían los últimos neveros agazapados en las cumbres, ceñidos a algún saliente y labrados por el viento en comba o apretados en una hendidura, cuya forma tomaban, subidos a los círculos glaciares, que así aparecían dichosamente coronados por una guirnalda blanca. Los ojos de aquellos hombres veían un mundo bien hecho y en paz, encantado por el dios que se elevaba frente a ellos magnífico, estelar, grandilocuente.

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Un día los romanos arrasaron la «corona» y a sus pobladores los redujeron en una aldea controlada por ellos en el valle. Desde entonces se han sucedido siglos y generaciones hasta llegar a nosotros, lejos ya para siempre de aquel mundo, aquellos hombres. Llegó la primavera, llegó mayo y nuestros ojos ya no ven lo mismo que ellos vieron, no importa que ahí sigan los mismos montes y riberas, mismos valles y bosques y «mesturas» (espesuras), mismas urces floridas; ojos desencantados son los nuestros ahora. Y sin embargo…