TRIBUNA
Adiós a un gran músico leonés
M e invaden tantos bellos y gratos recuerdos a su lado, y a la vez una profunda emoción por su ausencia, que quizás no sea el momento más oportuno para dar una imagen acertada y justa de este gran músico que ha sido Adolfo Gutiérrez Viejo, además de una gran persona. Y es que a este también buen amigo (unos años mayor que yo y que conozco desde hace casi sesenta años) me unen muchas cosas: en primer lugar, el haber nacido en un pueblo y la estancia en el Seminario (con lo que dejan tras sí ambos hechos), y una visión semejante de la vida y la sociedad, pero sobre todo, nuestro amor a la música, lo que más nos ha unido hasta el final.
Adolfo no dejaba indiferente a nadie, lo que suele ocurrir con las personas entrañables, comprometidas y responsables, como era él. Pero, además de su amor y entrega a la música y su profesionalidad, yo me atrevería a destacar en él su autenticidad, su honestidad, su total compromiso por las cosas hechas con rectitud y justicia, motivo por el cual no tenía ningún inconveniente en enfrentarse a las tropelías y las ilegalidades, lo que le acarrearon varios disgustos. Es decir, le ocurría lo que suele ocurrir a todo aquel que es auténtico, honesto y valiente, en un mundo donde estas grandes y necesarias virtudes no están de moda. No le importaba quedarse solo, en esas circunstancias, lo prefería a las alabanzas y las adulaciones comercializadas.
Ya sé que, como suele ocurrir cuando alguien se va, casi todo son lisonjas y alabanzas, pero no es este el caso, porque tanto Adolfo como un servidor jamás nos hemos destacado por dejarnos llevar por esa marea social de la impostura y la doblez, por la comedia social de la apariencia, motivo por el cual los dos sufrimos serios reveses en el mundo de la música; pero no nos importó, intentamos seguir adelante indemnes en nuestros ideales y principios de honestidad y autenticidad. Mas he aquí que he venido a hablar de él, del músico y el hombre que fue Adolfo, cuyos recuerdos recorren por mi mente, en estos días, sin parar, de un lado para otro; voy a traer solo algunos.
Por ejemplo, la visita que le hice a Munich a finales de los setenta del pasado siglo, donde él era organista de una iglesia (una bella tradición casi perdida en nuestro país), y donde nos agasajó (yo estaba con otras tres personas) con un bello recital inolvidable. También el concierto de órgano en la catedral de Toulouse (Francia), de imborrable recuerdo, a principios de los ochenta, en una semana cultural de la Casa de España que habíamos organizado, entre otros, el poeta Agustín Delgado (que también se nos fue) y yo, por entonces profesores de la colonia española en aquella ciudad.
Y hablando de conciertos de órgano, sabemos realmente cuánto le debe León a Adolfo por sus numerosos conciertos en nuestra catedral, y sobre todo, por su lucha hasta conseguir el flamante órgano con el que hoy disfrutamos. Y no necesito recurrir (solo recordar, una vez más) a lo que, en estos días, se está escribiendo y hablando, con toda justicia, sobre la creación de la Capilla Clásica y la fundación del Festival Internacional de Órgano Catedral de León, hoy ya de renombre internacional. Tengo el grato recuerdo de que, siendo yo director del Conservatorio en los años ochenta, tuve el honor de conocer, desde el principio, su bello y magistral proyecto sobre este Festival, en el que me implicó dos años seguidos.
Entre las muchas andanzas con este gran amigo, recuerdo el cursillo de canto coral que él impartió en Granada (no olvidemos que, entre los diversos cargos ostentados, fue director del Coro Nacional de España), dentro del Festival Internacional de Música y Danza de Granada, en julio de 1985, y al que asistimos varios leoneses. Lo recuerdo en especial, debido a que, en Granada, él me presentó a los músicos hermanos Claret (el violoncelista Lluis y el violinista Gerard), y donde comenzó una amistad que perdura hasta hoy. En efecto, a ambos invité —como director— a venir al Conservatorio a dar un cursillo de sus instrumentos, y después, vinieron dos veces con el renombrado ‘Trío de Barcelona’, en dos memorables conciertos en la Catedral y en San Marcos. Todo ello, con la presencia y el buen consejo del amigo músico común, Adolfo.
Pero creo que es justo, en este momento, preguntarnos si esta ciudad, a la que tanto amaba Adolfo y por la que tanto hizo en favor de la música, ha sabido comprender y agradecer a este gran músico y gran hombre todo lo que él supo hacer por ella. Hoy decimos ‘Adiós a un gran músico leonés’, a sabiendas de que va a permanecer para siempre en la presencia y el recuerdo de esta ciudad, como una de las personas que más trabajó en favor de la cultura y la música, y con el deseo y la esperanza de que, más pronto que tarde, esta ciudad sepa agradecérselo como él se lo merece.