Publicado por
MANUEL GARRIDO ESCRITOR
León

Creado:

Actualizado:

E ntre mayo y junio el color amarillo señorea en Cabrera por las altas vaguadas y laderas más bajas, escolta caminos y carreteras, con enormes piornos en su caso, y señala rincones dispersos y reductos singulares, alguno tan sugestivo como Peña Ramiro en Truchas, que se adorna de un llamativo atuendo: bajo la cabeza formada por la vieja torre, pedestal de una moderna y gigantesca estatua religiosa encaramada en ella, ciñe estos días sus hombros una esclavina o toquilla de un amarillo brillante y rizado. El amarillo transita, pues, por matices y tonalidades que van desde el intenso y aterciopelado de las escobas, tostado en los codesos y «ardiviellas» y más claro en los piornos, hasta el levemente aguado de las «carqueisas». La floración se despliega con más fuerza en los espacios que acogieron los sembrados de centeno en las franjas entre las praderas junto al río y el monte de encina o roble. Esas tierras son las que, tras el abandono de los cultivos y en particular del centeno, se cubrieron de escobas voraces, de modo que su amarillo resulta ser ahora el color de una herida de ausencia. Ahí, pues, estuvieron las siembras que se sucedieron durante siglos, vitales para los campesinos cabreireses.

Cuando llegaba esta época del año, los campos roturados multiplicaban el verde claro de los centenales madurando, que en los días de viento se agitaban en una danza de oleadas elásticas sin fin y el siseo de tallos y espigas al rozarse era el rumor de aquellas olas en volandas, aquel pequeño mar de remotos sembrados ondulantes. Y al tiempo de la floración desprendían al viento una nubecilla blanca muy tenue que flotaba sobre los campos espigados antes de diluirse en el aire terso de bruñido azul. Por entonces las escobas ocupaban su propio espacio en zonas marginales o rincones entre cultivos, lo mismo que los cantuesos, que florecían al tiempo, salpicados e incluso a la par. Ellos eran los que proporcionaban las flores para la procesión del Corpus, las moradas sembradas por el suelo, las ramitas amarillas incrustadas en los huecos de las rústicas paredes. Así es como el esplendor de los campos floridos se trasplantaba a las callejuelas de los pueblos para señalar a los campesinos el camino a la gloria matinal del Gran Jueves, nuncio del verano.

Las «carqueisas» florecen en lo alto a ras del suelo y a lo lejos figuran motitas de un amarillo pálido, espolvoreadas en el monte raso. Una copla popular refleja su floración curiosamente asociada al nacimiento de los lobos: «Carqueisa brotada, loba preñada; carqueisa florida, loba parida». Paría, pues, la loba en mayo y pocas semanas después, en junio o ya en julio, algún arriesgado pastor emprendía la ardua tarea de descubrir la cueva y robar la camada. Un pastor de los grandes fue Ezequiel Carrera, de Trabazos. Llegado el tiempo y como a la voz de una llamada ritual, recorría el bosque de encina y roble en los alrededores de Peña Billosa, que se yergue asomada a los montes de Silván, Odollo y el mismo Trabazos. Con frecuencia lograba su propósito y volvía con un saco al hombro y cinco o seis lobeznos dentro. Era un espectáculo el que ofrecían aquellos animalitos poco más que un puño, esquivos, asustados, con aquellos ojos fríos como chispas inquietas insondables.

Las «ardiviellas», relevando a escobas y «carqueisas», renuevan un amarillo semejante al de aquellas, pero con un aroma sin sus notas amargas, profundo y dulce. Hay en fin otras dos singulares plantas de flor amarilla. Una es la cañaheja, zumillo o tapsia, que en Trabazos recibe un curioso nombre: Rueca de raposa. En cuanto al primer término, podría acaso explicarse por la forma de esa cabeza y su parecido con la «rucada», el vellón de lana que se ponía en el extremo de la rueca para hilar. Más sorprendente es el segundo, pero en el campo abundan los topónimos que asocian animales a fuentes, parajes, praderas, peñas: así lagarto, sapo, lobo o loba, incluso «llobo cerval» o lince. Aquí tenemos, pues, a nuestra raposa con su rueca. Es una planta apiácea y tiene un tallo largo del que salen las ramas con los ramilletes de flores redondos, rematado por la gran cabeza igualmente redondeada, como una explosión compuesta a su vez de muchas cabecitas. Su esbelta arboladura expansiva se diría el dibujo figurado por las explosiones de color en los juegos nocturnos pirotécnicos.

Cargando contenidos...

Finalmente está el hinojo, una planta más modesta y delgada que la rueca, de ramitos también más pequeños y aplanados. A cambio ofrece el perfume singular de sus flores finalmente cuajadas en unas bolitas de aroma anisado que en tisana curan el dolor de barriga. Hace poco Andrés Martínez Oria llevó esas flores al título de su último libro en el que deja escrito un recorrido por Cabrera Baja, perfumado a trechos por las flores inclinadas sobre el camino. Cincuenta y cinco años después del viaje que dio origen a Donde las Hurdes se llaman Cabrera, Flores de hinojo sigue su huella, como su autor siguió los pasos itinerantes de Ramón Carnicer. Su propósito sin embargo fue distinto al del maestro berciano. Lejos de cualquier otra pretensión, el título se erige en síntoma de la «enfermedad» literaria que va por dentro, y ahora esas flores trasplantadas al libro huelen a nostalgia y a melancolía: aquella por un mundo perdido y esta, porque perdido, ya no volverá.