HOJAS DE CHOPO
Asuntos gastronómicos
De vez en cuando, especialmente con el buen tiempo, voy al pueblo, donde me encanta hozar tras cualquier asuntillo arbóreo o manual, aunque al final de la jornada no haya hecho nada. Lo que no se me olvida es un taco —cecina, jamón, lomo…— y un buen corrusco de pan de hogaza. Con la lentitud y la solemnidad que supone comerlo a golpe de navaja y la ayuda de algún trago de clarete, el rito se convierte en placer. Pero siempre surge algún inconveniente en esto del manduque. Un vecino que me vio en la plenitud del gozo dejó esta sentencia: «Quien come con navaja come más que trabaja». Hasta puede tener razón, aunque sea un poco cabroncete por soltármelo a quemarropa, lo que me ha provocado una pequeña depresión, supongo que pasajera, porque estoy decidido a no hacerle caso. No se puede jugar con asuntos de tanta importancia.
No repuesto del asunto, me inquieta una noticia que llega desde las Américas del poder: los huevos rotos, plato estrella para The New York Times, que los recomienda encarecidamente a sus muchísimos seguidores. Y no se anda con chiquitas. Para desayunar, comer o cenar. Decía mi padre, que hubiera cumplido el siglo hace poco, que el día que a los ricos les diese por los huevos la cosa podría ponerse fea, porque manjar tan exquisito y popular que colmó tantas hambres, podía ponerse por las nubes, como ya ocurriera en su día con el bacalao o la pana, esta en otro orden de cosas. Con la lenta e implacable desaparición de las clases medias, que parece pretensión silenciosa de no se sabe quién, o sí se sabe, servidor anda inquieto y confuso. Quizá sea un poco exagerado, fruto del temor, pero la amenaza de privación tan excelsa, que prefiero con puntillas y tomate natural triturado, me anda provocando estos días movimientos extraños de las papilas gustativas. Hay que darse prisa, antes de que la cosa vaya a más. Y que me quiten lo bailao.
Así que ando con un plan en parte diseñado, aunque con todas las prevenciones habidas o por haber. El análisis de las fortalezas y debilidades. Se trataría de unas gallinas que correteen por la huerta. Doy por supuesto que, aunque productoras, no tengan que fichar, si bien puede darse el encarecimiento de los animalitos con impuestos y otras gabelas impensadas. O que las pobrecitas, con su humilde cacareo, molesten a los que buscan la paz rural. En el juicio, caso de haberlo, no podrán decir ni pío. Ay, dios santo, patrono de los pequeños placeres gastronómicos…