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AQUÍ Y AHORA ANTONIO PAPELL
León

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E s perfectamente inteligible la resistencia del PSOE a formar una coalición con un grupo político que también ha de calificarse forzosamente de izquierdas pero que está muy alejado de las fibras socialistas fundacionales. Como ha recordado Sánchez, el PSOE es una venerable formación de 140 años de vida que ha contribuido decisivamente a la historia de este país y le cuesta mezclarse con jóvenes advenedizos que pretenden enmendar la plana a sus mayores. Pero frente a la tentación de hacer valer este criterio, Pedro Sánchez y sus conmilitones harían bien interiorizando con humildad una lapidaria y certera afirmación de Iglesias: si el PSOE no hubiera cometido errores, Unidas Podemos no existiría. Si así se hiciese, resultaría más fácil digerir el sapo de la coalición con un partido menor que no merece, a juicio de sus compañeros de viaje, los honores de compartir el Consejo de Ministros.

La disyuntiva ahora es obvia: o PSOE y UP consiguen una fórmula de colaboración, o elecciones. En teoría hay muchas fórmulas cooperativas pero UP ya ha dicho que exige la coalición, y está en su derecho puesto que a) es una fuerza decisiva para gobernar y b) ha obtenido la mitad de los votos y la tercera parte de los escaños que el PSOE. El PSOE puede intentar que su potencial socio acepte otras fórmulas pero no puede legítimamente encastillarse. Entre otras razones, porque no tiene el derecho a generar más inestabilidad sin un motivo de peso para ello, algo que hoy no existe: no sería ninguna tragedia para el PSOE que hubiera de pasar por las horcas caudinas de una coalición con UP.

La hipótesis de unas nuevas elecciones genera una incertidumbre que la gente de izquierdas, que hoy se siente satisfecha porque dispone de la mayoría política, no se merece. Y pese a lo digan las encuestas, no sería raro en absoluto que la incapacidad para gestionar dicha mayoría desmovilice a la izquierda, por pura irritación y por hartazgo de tanta politiquería. Además, el apelar nuevamente a las urnas supone despilfarrar todo el segundo semestre del año, con lo que el país sobrepasaría los cuatro años de inestabilidad y caos desde las elecciones de diciembre de 2015 de las que arrancó el inmanejable proceso posterior. La bonanza económica de que disfrutamos no está a cubierto de vendavales y es cada vez más claro que sin las oportunas reformas, este país se puede ir al garete. En estas circunstancias, la gente apela al sentido del Estado de quienes deben demostrarlo. Si no lo hacen, se abatirá una general decepción.

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