León

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LA publicidad es ese bichito del que viven los periódicos. Ahora parece que también Internet se alimenta lo suyo de ella. Esta mañana he tenido una voz diciéndome en el ordenador «ya llegó la hora», como una letanía, lamento de cuerda de presos, la misma frase repetida una y otra vez. Daba igual que del portal saltase al correo electrónico, porque seguía sonando la dichosa frase, sin entender qué anunciaba, sólo ese «ya llegó la hora». Supongo que el publicista responsable lo considerará la catedral del ingenio, pero ¿alguien piensa que voy a comprar ese producto, sea el que sea? En otra ocasión, era un dibujo animado que irrumpía ruidosamente en la pantalla para venderme el disco de Rosa., pero, al menos, iba y venía. Sin embargo, del dichoso «ya llegó la hora», canturreado con repelente tonillo nasal, no había forma de escapar. Publicidad tortura. Publicidad abusiva. Por no hablar, que voy a hacerlo, de la señora desnuda que me irrumpe en la pantalla cada vez que entro a leer un periódico virtual, que consulto siempre antes de ponerme a escribir esta columna. Y no es que tenga algo contra la dama, ni que dude de su talento, ni cuestiono su lozanía, pero, caramba, ¿no ve que así no hay quien lea una noticia? No es una señora en bikini, ni siquiera con una pechuguilla al aire, ella muestra el currículo y dice que vaya a no sé qué dirección electrónica. El tamaño de la imagen en cuestión supera lo que entendemos por anuncio optativo. La digo: «Buenas tardes, podría usted quitar su eso de mi pantalla, es que necesito concentrarme. Conste que no es nada personal, que se la ve muy preparada y formada, pero, si no es mucha molestia, me gusta escoger yo mi momento para el amor y mi momento para la guerra». La red es libertad, pero no debe ser en una única dirección. Me lo tomo a chufla, pero me pregunto en qué situaciones embarazosas pondrá, a no pocas personas, el dichoso anuncio de la moza. La red es libertad, pero ya entiendo que es mucho pedir a la tecnología que además sea compatible con el buen gusto.

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