Publicado por
Federico Abascal
León

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IGNORANDO la remodelación ministerial y el semblante inocente de los nuevos ministros en el banco azul, Zapatero arremetió ayer desde el primer adjetivo contra el Gobierno del PP. La patria reclamaba, sin embargo, un preámbulo, y el líder socialista lo cumplió, ofreciendo a José María Aznar su apoyo en el contencioso hispanomarroquí y reiterando el compromiso firme del PSOE en la defensa de la Constitución y del Estatuto de Gernika, ante la decisión aprobada por parlamento vasco el viernes pasado. Aznar leyó por la mañana un discurso lógicamente plano, reservando su agudeza dialéctica y sus mejores datos para las contrarréplicas de la tarde. Y al iniciarse la sesión de la tarde, Rodríguez Zapatero no leyó sus folios, que tenía bien memorizados, pero su largo y sostenido vapuleo a las políticas del Gobierno, especialmente en materia educativa, social, tecnológica, económica y de inseguridad ciudadana, fue poco brillante, a pesar de la tintura socialdemócrata que lo impregnaba. Fue una exposición crítica razonada, aunque los datos que la servían de andariveles fueron, de uno en uno, implacablemente desmontados por Aznar, y no tanto porque los de Zapatero fueran inciertos sino porque los del Gobierno eran distintos. Pero los datos de Aznar tampoco lograron borrar la tesis de que «las cosas se han torcido en España», en algunos aspectos al menos, como sostenía Zapatero, quien sorprendió poco después en su contrarréplica, digna de un excelente parlamentario. Nadie o muy pocos esperaban que el líder del PSOE se revelara como un polemista de altísimo nivel, pero así se ha revelado, y los diputados «populares» recurrieron a armar algo de bulla para compensar la avalancha dialéctica que se cernía sobre el presidente del Gobierno. Zapatero contrarreplicaba con autoridad, fluidez argumental e ingenio, desde una serenidad inquebrantable, y una tolerancia de extrema elegancia ante la bulla en los escaños del PP, a los que animaba a desahogarse porque estaban en el Congreso de los diputados y no en el congreso del PP. No parece que a Aznar haya remodelado su gabinete ministerial para corregir algún rumbo de sus políticas, aunque, según percibió Zapatero desde el primer momento, más que hablar del último año político, el presidente intentaba convertir el debate en una sesión de investidura, escapándose hacia el futuro al frente de su nuevo Gobierno. En suma, la sesión tuvo cierta grandeza parlamentaria, y el duelo dialéctico entre Aznar y Zapatero, duro y respetuoso, terminó a las seis y cuerto de la tarde con la viva impresión de que existe alternativa política.

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