Diario de León
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León

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NO hay un solo gestor de gran empresa ni un solo inversor de cierta envergadura que en las actuales circunstancias sea capaz de desconectar por completo durante un mes e irse de vacaciones. Tampoco los trabajadores pueden marcharse muy tranquilos cuando están viendo peligrar su empleo. Tal vez se pueda cambiar de residencia algunas semanas, pero, en tal caso, o se sigue la marcha de la economía a través de los medios de comunicación o no podrá evitarse que las cabezas den vueltas y vueltas ante las inciertas hipótesis de que, al regreso pueda perderse el sillón, los ahorros o el trabajo, según los casos. ¿Cuál será la marcha de las bolsas? ¿Subirán los tipos de interés? ¿Cómo evolucionará el consumo? ¿Y la construcción? ¿Hacia dónde caminará Argentina? ¿Qué pasará en Brasil? ¿Se verán afectadas las empresas españolas por la pérdida de confianza en la gestión? ¿Es fiable la contabilidad? ¿Son decentes los auditores? ¿Habrá que subir los salarios? ¿Se logrará evitar la conflictividad laboral? Además de las interrogantes citadas y de otras muchas similares, cuyas posibles respuestas podrán inquietar más o menos a unos o a otros, según sea el ámbito en el que se desenvuelvan, parece evidente que la depresiva sensación generalizada de crisis no constituye la circunstancia más propicia para olvidarse de la realidad y tomarse unas vacaciones en las que, por principio, debe dominar un ambiente en el que impere el optimismo y hasta la euforia.

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