Diario de León
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CUANDO a Saramago se le ocurrió la idea de establecer una comparación entre el actual gobierno de Israel y los dirigentes de la Alemania nazi fue criticado por casi todos, aunque tal vez no lo fue por Esperanza Aguirre, todavía presidenta del Senado y aspirante a la presidencia de la Comunidad de Madrid, que cuando ocupaba el cargo de ministra de Cultura ignoraba la existencia de este escritor. La comparación formulada por Saramago, sin embargo, vuelve inevitablemente a la memoria cada vez que se hace pública alguna atrocidad cometida por el ejército israelí contra los palestinos. Los nazis mataban a judíos, a gitanos, a comunistas y a discapacitados y, además, los torturaban y sometían a vejaciones. Bush no es Hitler pero a veces se le parece, sobre todo cuando se contemplan imágenes de los prisioneros talibanes y de Al Qaeda en Guantánamo y se leen informaciones acerca de los experimentos psicológicos de los que son objeto y que conducen a los enjaulados a la desesperación y al intento de suicidio. El parecido entre Bush y Hitler se acentúa todavía más cuando el presidente norteamericano amenaza a pueblos enteros que forman parte de su propio eje del mal, contra el que se orienta su lucha particular. Algunas naciones de hoy, al asumir con respecto a EE.UU. el papel que en otro tiempo desempeñó alguna otra europea, articulan al lado de Bush otro eje de cobistas dispuestos a implicarse en los combates que decida la gran potencia, a cuyo máximo mandatario no le faltan admiradores ni aliados, aunque no le saluden brazo en alto, sino con sonrisas, abrazos, reverencias y cabezazos.

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